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Mensajes de Santa Teresa de Jesús Coronada a Clemente Domínguez y Gómez,
hoy el Papa San Gregorio XVII, Magnísimo

Día 4 de enero de 1970

(Sagrado Lugar del Lentisco de El Palmar de Troya. Apariciones y Mensajes a Clemente Domínguez:)

Santa Teresa de Jesús

«Yo intercedo por mi amada España, pero debéis invocar a mi hija Teresita, predestinada por el Eterno Padre para la salvación del mundo. Yo os quiero a vosotros». (Uno de los presentes dijo que ella era la mujer más grande después de la Virgen María, y Santa Teresa contestó:) «No, hijo; eso es a los ojos humanos. Dios dispone las cosas con sabia manera. Tenéis olvidados grandes santos. Todos tenemos gran armonía en la Corte Celestial: A vuestro Santiago Apóstol, al Santo Rey Fernando, a San Alberto Magno, a San Martín de Porres, que ocupa un lugar preeminente en los Cielos por su humildad, por el desprecio del mundo hacia él. A tu Santo Clemente Papa y Mártir, que dio su vida en defensa de la Verdad. Sevilla debe estar agradecida a San Clemente. Hijos míos: Por supuesto, la Familia de Jesucristo está por encima de todos los Santos.
Hijo mío: No olvidéis pedir la mediación al Padre Pío. Debéis orar para acelerar su canonización. Es mi deseo, y compartido con la voluntad de la Virgen María que, después de su canonización, tenga un altar privilegiado en la futura Capilla de este Sagrado Lugar, para que en los días de tinieblas él os proteja».

Día 28 de septiembre de 1970

(Sagrado Lugar del Lentisco de El Palmar de Troya. Se apareció a Clemente Domínguez la Excelsa Reformadora Santa Teresa de Jesús. Después de hablarle sobre la Doctrina de la Resurrección de San José y de su Asunción en Cuerpo y Alma a los Cielos, concluyó el Mensaje diciendo:)

Santa Teresa de Jesús
«Hijos míos: Os pido a todos que seáis muy devotos de San José, como yo lo fui. Debéis imitar sus virtudes. Él intercede por vosotros siempre. Pedid siempre por intercesión de San José, pues Él tiene un gran poder ante el trono de María. San José tiene una gloria grande, muy grande; y, cuantos le imitan, tienen gran gloria en los Cielos. Os bendigo». (El vidente tuvo una visión de San José, en el Cielo, lleno de gloria.)

Viaje Apostólico de Clemente Domínguez y Gómez por España

Día 3 de agosto de 1971

(Alba de Tormes-Salamanca, España. Capilla del Convento de Carmelitas Descalzas. Se apareció Santa Teresa de Jesús a Clemente Domínguez y le dio el siguiente Mensaje:)

Santa Teresa de Jesús
«Mi querido hijo: El buen Jesús, Señor de señores, Rey de reyes, Señor de los ejércitos, Delicia de los bienaventurados, Mediador entre el Padre y la humanidad, Siervo de los pobres, Refrigerio de los moribundos, te ha enviado a este lugar donde descansa mi pobre carne, esperando la resurrección, para recibir las palpitaciones de mi corazón, mi aliento, mi espíritu, mis fuerzas, y para seguir firme en los contratiempos, adversos caminos, mortificaciones y desprecios de los hombres, propios de los que siguen al Amigo Jesús.
Hijo mío: Mientras más combates recibas, ultrajes, desprecios, ataques infernales, bofetadas de tus hermanos, abandono de tus más queridos seres, podrás decir: ¡Esta Obra es de Dios! Pues Jesús fue combatido, ultrajado, injuriado, abofeteado, tratado de blasfemo y acusado de conspirador contra el César; fue sentenciado a Muerte de Cruz, abandonado por sus seres queridos, sus mismos discípulos; mas, al tercer día resucitó glorioso. Si tú quieres resucitar con Cristo, acepta la Cruz. Si quieres resucitar con Satán, enfángate en los placeres mundanos.
YO FUI MUY MAL TRATADA POR LOS MISMOS CONCIUDADANOS, POR MIS HERMANOS EN RELIGIÓN Y ATROZMENTE VITUPERADA POR LA JERARQUÍA ECLESIÁSTICA. Mis viajes fueron tomados como capricho de una mujer inquieta; los dictados de mi Jesús fueron vistos como imposiciones mías contra la Doctrina Paulina; estuve a punto de ser sentenciada por el Tribunal Inquisidor. MAS NO PUDIERON CONTRA MÍ: NI LEGOS, NI MINISTROS, NI OBISPOS, NI CARDENALES, PUES LLEGÓ UN MOMENTO EN QUE TUVE QUE DESOBEDECER A MIS SUPERIORES TERRENALES, Y SEGUIR LOS DICTADOS DEL GRAN LEGISLADOR, JESUCRISTO, MI DIRECTOR SUPERIOR, AL QUE ESTABA OBLIGADA BAJO PENA DE CONDENACIÓN ETERNA EL SOMETERME.
De haber desobedecido a Jesús y obedecido a mis Superiores terrenales, no se hubiera hecho la magnífica Reforma del Carmelo, que tanto bien ha hecho a la Iglesia y al mundo. Posteriormente, ya sepultado mi cuerpo, la Santa Madre Iglesia me elevó a los altares, y me concedió innumerables títulos, culminando ahora con el de Doctora de la Iglesia. A todo esto llegó mi sumisión al Rey de reyes.
Hijo mío: Obedece a Jesús, siempre que estés seguro de que, lo que oyes, es la dulce voz del Hijo de Dios y Hermano de los hombres. Ten cuidado con la falsa obediencia a la Jerarquía Eclesiástica, pues cuando se trata de los Derechos de Dios y la salvación de los hombres, no hay potestad en la tierra, sino la de Aquel que ha recibido del Padre toda potestad. Finalmente, pido a todos los que se dedican a publicar las maravillas que Jesús y María están prodigando por la tierra, se acojan bajo mi patrocinio y alcanzarán la pluma inspiradora. Os bendigo».

Día 10 de marzo de 1977

(Sevilla. Casa Generalicia. Hora 2,25. Durante los Cultos en la Capilla, apareció Nuestro Señor Jesucristo al Obispo Primado Padre Fernando. Pocos minutos después se le apareció Santa Teresa de Ávila. El Señor dijo:) «He aquí entre vosotros a la Reformadora del Carmelo, Teresa de Ávila, vuestra protectora». (Santa Teresa da al Padre Fernando el siguiente Mensaje:)

Santa Teresa de Ávila
«¡Qué contenta estoy de mis Carmelitas de la Santa Faz! Y ¡si supierais vosotros que, cuando estuve en la Tierra, ya mi amado Esposo Jesucristo me comunicó que algún día, en los Tiempos Apocalípticos, sería fundada la Orden de los Carmelitas de la Santa Faz! Y que sería una grandiosa Rama de mi Reforma. ¡Cuántas gracias van a venir sobre vosotros muy próximamente, muy próximamente! ¡Cerquísima! De ahí que el Señor haya aumentado vuestras oraciones y penitencias para prepararos a grandes acontecimientos en la Iglesia, de cuyos acontecimientos, vosotros formaréis parte importantísima.
¡Oh, mis queridos hijos, Carmelitas de la Santa Faz! ¡Cuánto os amo! Porque, ¿dónde está ya el espíritu de la Reforma? ¿Qué queda del espíritu de la Reforma, en los Carmelitas actuales, en el mundo? Se están uniendo a los calzados y cambiando toda la Reforma, caminando hacia el Progresismo. ¡Qué pena al contemplar la Orden que tanto me hizo sufrir para reformarla! PERO, VOSOTROS CONSERVÁIS EL ESPÍRITU DE AQUELLA REFORMA. EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y PENITENCIA. EL ESPÍRITU DE ACATAMIENTO A LA VOLUNTAD DIVINA. LUCHÁIS CONTRA LA JERARQUÍA INICUA, QUE GOBIERNA HOY LA IGLESIA SANTA. ¡Yo sé de esas cosas! Yo tuve que luchar contra inicuos Obispos, inicuos Superiores, inicuos Nuncios, etc. Pero los inicuos de hoy, son peores que los de aquella época. Toda la oración y penitencia que hagáis es poca para reparar a Dios de tantas ofensas, de tantos agravios.
¡Cuántos Carmelitas, hoy en día, dan malos ejemplos con su progresismo demoledor! ¡Cuántos Obispos en la Iglesia oficial han abandonado la Sana Doctrina y se han unido al Marxismo, a la Masonería y a los herejes! Vosotros sois el pequeño rebaño con el que cuenta el Buen Pastor, Cristo Jesús. Haced mucha oración y penitencia, mucha oración y penitencia, mucha oración y penitencia. El gran cataclismo sobre la humanidad está ya a las puertas.
¡OH, CARMELITAS DE LA SANTA FAZ! SOIS LAS ESTRELLAS LUMINOSAS DE LA IGLESIA EN MEDIO DE LA CONFUSIÓN REINANTE. Pero, tenéis que perfeccionaros. Todavía tenéis muchos defectos. Y, esta perfección, se consigue, más que con los libros, más que con las lecturas, con la oración y la penitencia y la santa obediencia a vuestro Padre General». (Después de dar unas instrucciones sobre oraciones, Santa Teresa continúa:) «¡Cuántas gracias recibiréis! ¡Cuántas! Serán innumerables y muy próximas. Vale la pena hacer oración y penitencia para recibir tantas gracias que asombrarán al mundo. Algunas gracias no concedidas a otros muchos Santos. ¡Cuántas maravillas tendréis en la Orden de los Carmelitas de la Santa Faz! Y ahora, obedeciendo a vuestra Reformadora, continuad con las oraciones, después de mi bendición. Os bendigo». (Santa Teresa puso en la mano del Padre Fernando, su Corazón. El vidente dice: “Y ¿cómo está aquí en mi mano y también guardado en Castilla este Corazón transverberado?” Santa Teresa responde:) «Hijo mío: Misterios divinos. No tengas tanta curiosidad. Todo lo sabrás a su debido tiempo. Ahora, por deseo de la Santísima Virgen María, ¡incrusta este Corazón en el tuyo!» (El vidente apretó fuertemente sobre su corazón, el Corazón de la Mística Doctora.)

Día 6 de agosto de 1978

Santa Teresa de Ávila
«Queridos hijos: He aquí que os habla la Reformadora del Carmelo: Enhorabuena a vosotros, pues vuestro Fundador y Padre General ha sido exaltado a la dignidad de Vicario de Cristo. Y esta tarde, hasta la naturaleza ha anunciado el nombramiento con el revoloteo de la mariposa. No ha sido una cosa casual. Ha sido un anuncio profético para los humildes y sencillos de corazón». (Explicación: Al poco tiempo de conocerse la muerte del Papa Pablo VI, estábamos varios religiosos que acompañábamos al Pontífice Máximo, Gregorio XVII, en la puerta de su celda, en Santa Fe de Bogotá. Vimos cómo una gran mariposa entró de la calle, por la escalera, y revoloteando se posó en el mismo centro del marco de la puerta de la celda. Llamamos a varios más, incluso a las religiosas nuestras que estaban en la Capilla, para que presenciaran el suceso. Poco después la mariposa penetró en la celda de Su Santidad. Todos vimos como una señal clara, un signo de que allí se encontraba el sucesor de Pablo VI. La mariposa fue cogida y conservada. Sigue hablando Santa Teresa:) «A partir de ahora, la Madre General, Madre Teresa, se convierte en Cofundadora, con el Padre General, para la Rama femenina. Es la Cofundadora. Os bendigo».

Biografía de Santa Teresa de Jesús Coronada

4 de octubre

Religiosa. Fundadora. Matriarca. Doctora. Excelsa Mística. Estigmatizada. Mártir Espiritual. Confirmada en Gracia. Reformadora del Carmelo e Insigne Protectora de los Carmelitas de la Santa Faz.
Llamada en el siglo Teresa de Cepeda y Ahumada, nació en Ávila, España, el 28 de marzo de 1515. Era hija de San Alfonso Sánchez de Cepeda y de su segunda esposa Santa Beatriz de Ahumada, cuyo matrimonio tuvo diez hijos. Fue bautizada en la parroquia de San Juan de Ávila. De temperamento activo y decidido, a los siete años de edad, movida por la lectura de la vida de los santos, convenció a su hermano Rodrigo para ir a tierra de moros para sufrir martirio por Cristo, siendo detenidos a la salida de Ávila por un tío suyo que les devolvió a su casa. No obstante, sus sentimientos piadosos infantiles se enfriaron un poco al llegar a la pubertad, a causa de la lectura de libros de caballería, que exaltaron su imaginación, gustando de galas y pasatiempos, aunque sin ofender gravemente a Dios.
Tras la muerte de su madre en 1528, se entregó como huérfana en los brazos de la Santísima Virgen María. Para quitarla de los peligros del mundo, y a fin de que recibiera una educación piadosa, en 1531 su padre la confió como interna al convento de las agustinas de Santa María de Gracia, de Ávila, cuyas religiosas acogían a doncellas ricas que acudían allí a perfeccionarse en el estudio de la religión y en la práctica de las virtudes. Aquí comenzó a rezar mucho y a pedir que rezaran por ella para que Dios la mostrase claramente el camino por el que le serviría mejor. Y aunque no deseaba ser monja, sabía que el amor humano no duraba para 

siempre y empezó a decidirse a tomar el velo religioso, pero en una Orden menos austera que las agustinas. Descubierta su vocación en medio de indecibles luchas, en 1532 salió enferma y pasó una temporada en Hortigosa con su tío Pedro Sánchez de Cepeda y en Castellanos de la Cañada con su hermana María de Cepeda, que estaba casada. Vuelta a Ávila, después de grandes cavilaciones, descubrió a su padre la decisión firme de entrar religiosa, y él, aunque muy virtuoso, se resistía a verse privado de su hija predilecta. Después de enconadas luchas interiores, el 2 de noviembre de 1535, a los veinte años de edad, Santa Teresa huyó de casa muy temprano y entró en el monasterio carmelitano de la Encarnación de Ávila, que ella había visitado antes varias veces, en el que la vida religiosa estaba muy relajada, pues lamentablemente la Orden Carmelitana se había ido debilitando al apartarse de las primitivas Reglas. La Santa dice acerca de su determinación: «Cuando salí de casa de mi padre, no creo será más el sentimiento cuando me muera; porque me parece cada hueso se me 

apartaba por sí…» Dentro del monasterio, había monjas que vivían opulentamente, hasta con sirvientas, y otras que carecían de lo necesario para sobrevivir. Prácticamente no existía la clausura. El 31 de octubre de 1536, su padre firmó la carta de dote de su hija y ésta tomó el hábito el 2 de noviembre del mismo año. A este respecto ella escribe: «En tomando el hábito, luego me dio el Señor a entender cómo favorece a los que se hacen fuerza para servirle…» El 3 de noviembre de 1537, hizo su profesión religiosa. A partir de entonces, redobló sus exigencias consigo misma y se entregó a grandes penitencias, entre luchas espirituales y sequedades. Su salud se quebrantó de tal manera, que su padre envió a la Encarnación los mejores médicos de Ávila y sus alrededores, pero ella fue de mal en peor. En otoño de 1538, tuvo que salir de la Encarnación e irse a la casa paterna durante una larga temporada a causa de sus enfermedades. Y a pesar de que se procuró su salud por otros medios, la enfermedad se agravó, hasta el punto que el 15 de agosto de 1539 por la noche la dio un síncope que duró tres días; fue tomada por muerta y hasta se la preparó la sepultura. No obstante su padre se resistió a admitir el óbito de su hija y se opuso a que la enterraran. Vuelta en sí, regresó muy tullida a la Encarnación, y en abril de 1542 se sintió curada por intercesión de San José. Durante largos años, Santa Teresa siguió llevando la vida monacal entre sequedades y luchas espirituales. Los locutorios de la Encarnación eran como salones mundanos frecuentados por caballeros y damas de la nobleza. Santa Teresa, cuyo nombre había ya trascendido por Ávila, era la principal atracción, recibía visitas de numerosas personas y acudía como las demás al locutorio. El 26 de diciembre de 1543 murió su padre San Alfonso Sánchez de Cepeda, siendo asistido por su hija.
En 1554 se obró en Santa Teresa una profunda transformación interior, con la decisiva entrega a Dios, al contemplar una devota imagen de Cristo llagado. Ella así lo expresa: «Arrojeme cabe Él con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese de una vez para no ofenderle. Paréceme le dije entonces que no me había de levantarme de allí hasta que Él hiciese lo que le suplicaba». Desde entonces comenzó a experimentar un cambio profundo en su vida, evitó el locutorio, y redobló la constancia y el ardor de la oración. Los fenómenos místicos eran frecuentes y los confesores de la Encarnación no la comprendían, e incluso algunos más renombrados la intimidaban diciéndola que los favores espirituales que ella decía recibir sólo se daban a gentes muy virtuosas, y que tuviera cuidado que el demonio no la engañase. Cristo se la manifiesta y la dice: «No hay miedo, hija mía, que Yo soy, no te desampararé». Las visiones de Cristo se repetían, y al mismo tiempo crecía en ella el amor de Dios, un amor tan ardiente, que se hacía casi irresistible, como ella misma escribe: «Comenzó su Majestad, como me lo tenía prometido, a señalar más que era Él, creciendo en mí un amor tan grande de Dios que no sabía quién me lo ponía, porque era muy sobrenatural, ni yo me le procuraba. Veíame morir con deseo de ver a Dios… que verdaderamente me parecía que se me arrancaba el alma». En el año 1557, pasó por Ávila el Padre jesuita San Francisco de Borja y la dio sabios consejos, quedando ella muy sosegada y consolada.
El 25 de enero de 1560 Santa Teresa recibió la gracia de la Transverberación de su corazón, y con ella el don extraordinario de la Confirmación en Gracia. Ella misma lo describe: «Veía un Ángel cabe mí hacia el lado izquierdo en forma corporal… No era grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido que parecía de los Ángeles más subidos… Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego; éste me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios…» Tras este gran favor divino, continuaron las incomprensiones de algunos confesores inexpertos. En agosto de 1560, la visitó en Ávila el Padre franciscano San Pedro de Garavito, de Alcántara, hombre muy experimentado en cuestiones místicas, a quien la Santa dio cuenta de su vida con claridad y verdad. Este santo fraile la dio luz en todo y la dijo que no tuviese pena, que alabase a Dios, y que estuviese segura que todo venía de Él. Días después la Santa tuvo una espantosa visión del infierno. En una ocasión, en las escaleras del monasterio de la Encarnación, se encontró con un Niño hermosísimo como de doce años de edad. La Santa le pregunta: «¿Tú quien eres?», y el Niño dijo: «¿Y tú?», y la Santa respondió: «Yo soy Teresa de Jesús», y el Niño dijo: «Pues Yo soy Jesús de Teresa».
En septiembre del mismo año 1560, Santa Teresa de Jesús, pensando en la vida solitaria que llevaron el Profeta San Elías y sus hijos carmelitas en el Monte Carmelo, movida por Dios se decidió a reformar la Orden Carmelitana y fundar un convento con el rigor de las Reglas primitivas de San Alberto de Jerusalén, cuyos rasgos esenciales eran la clausura total, el ayuno, el silencio, la penitencia, a los que ella añadiría algunos otros, como fueron la descalcez y el vivir de las limosnas. Por mandato divino el nuevo monasterio estaría bajo la advocación de San José. Para ello contó con el apoyo de San Pedro de Garavito, de Alcántara, y otros insignes protectores. Con la autorización del Obispo y un breve pontificio del Papa San Pío IV, Santa Teresa fundó en Ávila el convento de San José el 24 de agosto de 1562, primero de la Reforma o Descalzas, en donde instaló a las primeras monjas, que desde entonces vivieron entregadas a la oración y a la penitencia, con gran austeridad, extremada pobreza y estrecha clausura. Santa Teresa tuvo que superar valientemente múltiples dificultades y afrontar grandes persecuciones, sobre todo la oposición de muchas de las monjas del convento de la Encarnación, y el alboroto de la misma ciudad, cuyo Concejo trató de suprimir el convento, pero el Señor aseguró a la Santa Fundadora que no se desharía. Por fin se apaciguaron las contradicciones, y en 1563 ella obtuvo licencia para dejar la Encarnación y unirse a sus hijas en San José. La Santísima Virgen María cubría con su celestial manto a las monjas del primer monasterio carmelitano reformado.
Santa Teresa seguía gozando de los más elevados éxtasis y visiones celestiales. El rey San Felipe II, deseoso de reformar la vida de los monasterios en sus reinos, invitó al General de los Carmelitas, el Padre Juan Bautista de Rubeo, para que los visitara. En 1567, el Padre Rubeo vino a España, visitó sus conventos de Castilla, y quedó admirado con el de la Reforma teresiana, por lo que dio licencia a la Santa para fundar nuevas casas de monjas, incluso de frailes, que ella llamaba «Palomarcitos de la Virgen Nuestra Señora». El 15 de agosto del mismo año, Santa Teresa fundó en Medina del Campo-Valladolid su segundo convento. Aquí se puso en contacto con San Juan de la Cruz, que recientemente había terminado sus estudios en Salamanca, había recibido la Ordenación Sacerdotal, y tenía intención de dejar la Orden de Carmelo para entrar en la Cartuja. Santa Teresa le convence para que se una a ella en la Obra de la Reforma, llegando a ser el más estrecho colaborador en los planes reformadores de la Santa. En 1568 ella fundó en Duruelo-Ávila, el primer convento de la Reforma de frailes descalzos; y el 28 de noviembre del mismo año fue inaugurado por San Juan de la Cruz y Antonio de Heredia. A estas fundaciones siguieron otras de monjas y frailes. En 1571, por orden del Visitador Apostólico, Santa Teresa es nombrada priora del monasterio calzado de la Encarnación por tres años, en donde la vida religiosa estaba cada vez más relajada. La Santa Fundadora, movida por Dios, aceptó el priorato, y el 14 de octubre del mismo año tomó posesión del cargo en medio de un gran tumulto de las monjas que se negaban a aceptarla. En el primer Capítulo, después de presentar ante las monjas la imagen de Nuestra Señora de la Clemencia, como la verdadera Priora, en el sillón prioral que correspondía a la Santa, las habló con tal sinceridad, acierto y bondad, que hasta los corazones más duros se rindieron. La Santa Fundadora se preocupó de que no faltara comida a las monjas, puso todo en perfecto orden, acabó con el locutorio y estableció la disciplina monacal; además las puso como confesor a San Juan de la Cruz. En poco tiempo las monjas dieron un cambio radical en sus costumbres, siendo modelos de oración, sacrificio y recogimiento. El día 18 de noviembre de 1572, el Señor apareciéndose a Santa Teresa, díjola: «De aquí en adelante, no sólo de Creador, y como de Rey y tu Dios, mirarás mi honra sino de verdadera esposa mía; mi honra ya es la tuya y la tuya la mía». Ese mismo año, el Señor la dijo: «¿Piensas hija mía que está el merecer en gozar? No está sino en obrar y en padecer y en amar. Cree, hija mía, que a quien mi Padre más ama, da mayores trabajos, y a éstos responde el amor. ¿En qué te lo puedo más mostrar que querer para ti lo que quise para Mí?» El 6 de octubre de 1574, cesó el trienio del priorato, y la Santa volvió al monasterio reformado de San José de Ávila. En 1575 Santa Teresa se encontró con el Padre San Jerónimo Gracián con motivo de la fundación de Beas de Segura-Jaén, quien sería su confesor y ocuparía altos puestos en la Reforma Carmelitana, la cual fue tomando cada día más auge. En el año 1576, díjola el Señor: «Ya sabes el desposorio que hay entre ti y Mí, y habiendo esto, lo que Yo tengo es tuyo, y así te doy todos los trabajos y dolores que pasé, y con esto puedes pedir a mi Padre como cosa propia».
Pronto surgieron nuevas dificultades promovidas por los Carmelitas Calzados, refractarios a la Reforma Teresiana, y por otros enemigos de la misma. Sus planes reformadores y fundacionales, acarrearon a Santa Teresa graves conflictos con autoridades civiles y eclesiásticas. Pero ella, con ánimo varonil, en medio de sus enfermedades y penuria económica, afrontó valientemente las grandes contrariedades, las calumnias y las persecuciones, diciendo: «Cristo y yo mayoría». Hasta el punto que llegó a sufrir un proceso inquisitorial del que salió libre. El mismo Padre Rubeo, General de la Orden Carmelitana, que antes era gran defensor de la reforma de Santa Teresa, mal influido por las habladurías, la prohibió fundar nuevos conventos y la obligó a permanecer como arrestada en un convento de Toledo. El nuevo nuncio Felipe Sega llegó a Madrid con ánimo de acabar con la Reforma, y motejó a Santa Teresa de Jesús de «fémina inquieta y andariega, desobediente y contumaz»; y la acusó también de inventar malas doctrinas, de salir de la clausura y de haber fundado sin licencia del Papa ni del Padre General de la Orden. En 1578, Sega somete a los descalzos y descalzas a la autoridad de los provinciales de los calzados. La siniestra y vengativa Princesa de Éboli, Ana de Mendoza, dio también sus feroces dentelladas contra la Santa Fundadora. Siguieron las amenazas, calumnias y sufrimientos para Santa Teresa y sus descalzos. Su mayor colaborador, San Juan de la Cruz, fue también víctima de cruel persecución y encarcelamiento por los calzados, con trato inhumano. San Jerónimo Gracián es también perseguido de muerte y encerrado en el convento de los calzados de Madrid. Eran tan grandes los combates, que la Reforma parecía sucumbir.
Santa Teresa de Jesús escribió primero al rey de España, San Felipe II, pidiendo ayuda para su obra, y después ella fue recibida en audiencia por el monarca en el Alcázar de Madrid. San Felipe II, persona de intachable rectitud y profunda religiosidad, muy identificado con la Reforma y gran admirador de la Santa, haciendo uso de su autoridad, mandó llamar al nuncio Sega y le recriminó severamente su mala actitud y a éste no le quedó otra salida que obedecer al rey. La persecución contra el Carmelo Reformado quedó cortada. El gran Monarca, en 1580, consiguió del Papa San Gregorio XIII, que los conventos descalzos fundados por Santa Teresa constituyeran una provincia independiente de los calzados, con lo cual la Santa Reforma Carmelitana quedó asegurada y consolidada.
La Excelsa Reformadora llegó a fundar un total de diecisiete conventos de monjas y quince de frailes. Los conventos de monjas fueron: En 1562, Ávila; en 1567, Medina del Campo; en 1568, Malagón; en 1568, Valladolid; en 1569, Toledo; en 1569, Pastrana, deshecho en 1574 por culpa de la princesa de Éboli; en 1570, Salamanca; en 1571, Alba de Tormes; en 1574, Segovia; en 1575, Beas de Segura; en 1575, Sevilla; en 1576, Caravaca, por mediación de Ana de San Alberto; en 1580, Villanueva de la Jara; en 1580, Palencia; en 1581, Soria; en 1582, Granada, por medio de Santa Ana de Jesús; y en 1582, Burgos.
La salud de Santa Teresa de Jesús estaba sumamente quebrantada. Los viajes, los sufrimientos, el ansia de Dios habían gastado ya su cuerpo. Su compañera inseparable y su enfermera era Santa Ana de San Bartolomé. El 1 de octubre de 1582, en el convento de Alba de Tormes, anunció que su muerte era inminente. El 3 de octubre se confiesa y recibe los Últimos Sacramentos. Sus últimas recomendaciones a sus hijas fueron: «Hijas mías y señoras mías: Por amor a Dios las pido tengan gran cuenta con la guarda de la Regla y las Constituciones, que si la guardan con la puntualidad que deben, no es menester otro milagro para canonizarlas; así miren el mal ejemplo que esta mala monja les dio y ha dado, y perdónenme». Una de las expresiones que se recogieron de sus labios fue: «Hora es ya, Esposo mío, que nos veamos». Santa Teresa de Jesús falleció el 4 de octubre de 1582, a los sesenta y siete años de edad, en el convento de Alba de Tormes-Salamanca, pronunciando las palabras: «Te doy gracias, Señor, porque muero hija de la Iglesia». El día siguiente de su muerte, debido a la Reforma Gregoriana del calendario, fue el 15 de octubre. Su cuerpo incorrupto, incluido su corazón, se encuentra en Alba de Tormes.
Como eminente escritora y doctora mística, dejó escritas importantes obras, que son verdaderas joyas de la literatura universal. Con ellas el misticismo alcanzó elevadísimas cotas de expresión y profundidad. La obra reformadora de Santa Teresa fue eficacísima contra la expansión del luteranismo y otras herejías.
El Papa San Gregorio XVII Magnísimo, enseñó: «Es doctrina infalible que la transverberación del corazón de la mística Doctora de Ávila, Santa Teresa de Jesús, fue producida por fuego en forma de dardo, brotado impetuosamente del Deífico Corazón de Jesús, en señal de sello indeleble del místico desposorio entrambos; cuyo desposorio fue superior a todo otro desposorio místico concedido por Cristo a otros místicos. Dicho desposorio es distinto al desposorio común de la vida religiosa y del correspondiente a la participación sacerdotal del Cuerpo Místico de Cristo». «Es doctrina infalible que la mística Doctora de Ávila, Santa Teresa de Jesús, recibió el don de la confirmación en gracia en el mismo instante en que quedó místicamente desposada con Cristo por medio de la transverberación». «Es doctrina infalible que la mística Doctora de Ávila, Santa Teresa de Jesús, está entronizada en la gloria celestial a continuación de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo».
Interpretación infalible del Papa San Pedro II Magno, sobre las siguientes visiones y escritos de Santa Teresa de Jesús:
«Santa Teresa de Jesús, tuvo una visión de la Orden de los Últimos Tiempos: “Los Carmelitas de la Santa Faz en Compañía de Jesús y María”, fundada por el Papa San Gregorio XVII Magnísimo.
Dice Santa Teresa que, estando una vez en oración, Dios la dio a entender “el gran provecho que había de hacer una Orden en los tiempos postreros, y con la fortaleza que los de ella han de sustentar la fe”. Pues en estos Tiempos Apocalípticos, en medio de la Apostasía General, la Fe Católica es sustentada por la valerosa Orden de los Carmelitas de la Santa Faz, que es la renovación y culminación de la Orden del Monte Carmelo.
En otra ocasión, cuando Santa Teresa rezaba ante el Santísimo Sacramento, se la apareció un Santo, que aunque ella no dice el nombre, era el Santo Profeta Elías, Fundador del Carmelo, quien la dio a entender que la Orden del Carmelo volvería a relajarse en los Últimos Tiempos a causa del progresismo introducido en la Iglesia Romana por los enemigos de la Religión Católica. Y luego la mostró un libro grande que él tenía en sus manos, y dijo a Santa Teresa que leyese unas letras que eran grandes y muy legibles, en las cuales se decía: “En los tiempos advenideros florecerá esta Orden; habrá muchos mártires”. Refiriéndose a la Orden de los Carmelitas de la Santa Faz, cuyos miembros sufrirían grandes persecuciones y martirios en su lucha contra las herejías y contra el Anticristo Persona.
Otra vez, sigue diciendo Santa Teresa, que “estando en Maitines en el coro, se me representaron y pusieron delante seis u siete, me parece serían de esta misma Orden, con espadas en las manos. Pienso que se da en esto a entender han de defender la fe; porque otra vez, estando en oración, se arrebató mi espíritu: pareciome estar en un gran campo, adonde se combatían muchos, y éstos de esta Orden peleaban con gran hervor. Tenían los rostros hermosos y muy encendidos, y echaban muchos en el suelo vencidos, otros mataban. Parecíame esta batalla contra los herejes”. En dicha visión se exalta el carácter guerrero de la Orden de los Carmelitas de la Santa Faz u Orden de los Crucíferos, en su constante lucha contra Satanás y sus secuaces, en defensa de la Fe Católica.
También da a entender Santa Teresa que, el Santo Profeta Elías, a quien había visto algunas veces, la dijo algunas cosas referentes a la gran Reforma Carmelitana que ella estaba llevando a cabo, y la agradeció las oraciones y esfuerzos que hacía por la Orden del Carmelo, es decir por la Orden de San Elías, ya que había sido fundada por el Santo Profeta, prometiendo que él la encomendaría al Señor. Y aunque Santa Teresa no lo dice explícitamente, el Santo Profeta Elías la habló de que en los Últimos Tiempos todas las demás Órdenes Religiosas dejarían de existir y que sólo prevalecería la Orden del Carmelo gracias a la fundación de la “Orden de los Carmelitas de la Santa Faz”, y que todas las demás Órdenes Religiosas quedarían al Final de los Tiempos adsorbidas en la Orden Madre, que es la Orden del Monte Carmelo, de donde nacieron todas las demás. Por eso la Orden de los Carmelitas de la Santa Faz, asume en su alma de Madre el espíritu de todas las demás Órdenes ya claudicadas.
Concluye la Santa diciendo: “No señalo las Órdenes: Si el Señor es servido se sepa, las declarará, porque no se agravien otras; mas cada Orden había de procurar, o cada una de ellas por sí, que por sus medios hiciese el Señor tan dichosa su Orden que, en tan grande necesidad como ahora tiene la Iglesia, le sirviesen. ¡Dichosas vidas que en esto se acabaren!” En estas misteriosas palabras, Santa Teresa de Jesús, advierte a todas las Órdenes Religiosas existentes en su tiempo, y las que surgirían después, que cuanto más observantes y santas fueran, mayor sería la gloria de la Orden del Monte Carmelo, como madre que es de todas ellas».
Canonizada por el Papa San Gregorio XV Magno el día 12 de marzo de 1622. Declarada Doctora de la Iglesia por el Papa San Pablo VI el día 27 de septiembre de 1970.