El ex Papa Gregorio XVIII

El 22 de abril de 2016 un hecho inaudito sacudió a la Verdadera Iglesia de Cristo: el Papa apostató. Si bien uno de los Papas —San Celestino V— había renunciado al Papado en 1292, no renunció también a su fe, como lamentablemente sí hizo Gregorio XVIII, el apóstata.

No es de extrañar que muchas personas vieran en este suceso el preludio de lo que ya anticipaban como el fracaso de la Iglesia Palmariana. Por supuesto, esto no sólo no ocurrió, sino que la Iglesia ha resurgido, como siempre ha sido en los momentos más aciagos de su Historia, con renovada fortaleza y esplendor espiritual. Si bien esta misma vitalidad, material, pero sobre todo espiritual, es la mejor prueba de la veracidad incorruptible de la Iglesia Palmariana, resulta interesante compartir algunas otras reflexiones que ponen de manifiesto hasta qué punto la apostasía del Papa anterior no afecta en lo más mínimo a la integridad de la Iglesia Verdadera, sino que por el contrario la confirman.

En primer lugar, si la Iglesia Palmariana fuera —como aseguran sus enemigos— un grupo de malhechores e impostores, ¿por qué razón renunciaría a ella su jefe máximo? ¿Tiene sentido imaginar a Al Capone renunciando a la mafia? Francamente, es difícil de concebir.

Por otra parte, en su carta de despedida aseguraba haber perdido la fe, y a la vez que no quería convencer a nadie… ¿qué clase de persona, al frente de una Iglesia que supuestamente considera falsa, no intenta al menos “levantar la venda de los ojos” de quienes hasta el día anterior le rendíamos el honor que a un Papa se debe? ¿Es eso “respeto por las creencias ajenas” o perversidad y egoísmo refinados? En realidad, se trata de algo más sencillo y brutal: el ex-Papa sabe íntimamente que la Iglesia Palmariana es la verdadera Iglesia de Cristo y María, pero la suma de sus infidelidades le volvieron tan pesada la vida religiosa que, sin poder ya soportarla, sencillamente se marchó, sin ser capaz siquiera de ordenar sus pensamientos para ofrecer una excusa o explicación consistente, lo que revela mejor que nada, el lamentable estado de confusión de su conciencia….

El ex-Papa fue, durante mucho tiempo, un formidable religioso. Trabajó durante años abnegadamente por y para la Iglesia. Aun así, apostató. Esto no debe sorprendernos: la Historia presenta casos análogos. Enrique VIII fue, durante su juventud, un hombre piadoso, y durante los primeros años de su reinado defendió firmemente la causa católica contra el luteranismo. Luego, vencido lentamente por una vida lujuriosa, se separó de la verdadera Iglesia y lamentablemente se condenó. También el Papa réprobo Pablo IV fue un joven admirable, incluso agraciado con elevados carismas místicos, como la estigmatización y, temporalmente y en distintas épocas, el Desposorio Místico con los Sacratísimos Corazones de Jesús y María. Mas luego sus infidelidades llegaron al extremo de mandar asesinar a su predecesor, el Papa San Marcelo II. También Pablo IV se condenó eternamente.

Enrique VIII, Pablo IV, Gregorio XVIII… tres malos ejemplos que, como tantos otros, deben servirnos de llamado de atención: únicamente con la oración y la penitencia, el recibir con frecuencia los Sacramentos y el ejercicio de las virtudes se puede perseverar en la fe hasta el final.

Una última línea: Enrique VIII y Pablo IV se condenaron. El ex-Papa Gregorio XVIII aún está en este mundo. Recordemos que Jesús y María estuvieron amorosísimamente dispuestos a perdonar, hasta el último momento, al traidor Judas Iscariote. ¡Qué felicidad habría en el Cielo si el ex-Papa se arrepintiera!