Las Apariciones de Fatima

La Historia Eclesiástica Palmariana habla de las Apariciones de la Santísima Virgen María en Fátima y sus Mensajes Apocalípticos: El día 13 de mayo del año 1917, se apareció por primera vez en Fátima, Portugal, la Santísima Virgen María a tres pastores: Lucía, Jacinta y Francisco. La última Aparición fue el 13 de octubre del mismo año, dando en este día pruebas evidentes, mediante un grandioso milagro, de la veracidad de las Apariciones y de los Mensajes Apocalípticos dados por Ella. Este milagro fue presenciado por una multitud de peregrinos, y otros espectadores, que acudieron a Fátima el día 13 de octubre. Entre otros Mensajes dados en Fátima, la Santísima Virgen María: Hizo una llamada angustiosa a la oración y a la penitencia, ante la caótica situación del mundo, sumido en una corrupción moral y en medio del cataclismo de la Primera Guerra Mundial; pidió la consagración de Rusia a su Inmaculado Corazón, y la reparación de su Inmaculado Corazón los primeros sábados de mes; advirtió que si no se cumplían sus maternales deseos, Rusia extendería sus errores, y que, por tanto, Rusia, sería el azote del mundo, de la que Dios se valdría para castigarlo; además anunció que, después de la Primera Guerra Mundial, vendría otra mucho más espantosa. También, la Santísima Virgen María anunció que al final Rusia se convertiría. La Santísima Virgen María dio un mensaje trascendental, conocido como el Secreto de Fátima, en el que vaticina los terribles acontecimientos futuros de la Iglesia Católica, la cual sería hollada ferozmente por sus mismos jerarcas, hasta el punto de que, la masonería y el comunismo escalarían la cima y demás altos puestos del Vaticano; anunciando así, muy anticipadamente, que tras el Pontificado de San Pablo VI, último Papa con Sede en Roma, sobrevendría el gran cisma apocalíptico con los reinados de los antipapas en Roma: Hasta ahora Juan Pablo I, Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco, los cuatro cabezas visibles de la masonería judeovaticana y precursores del Anticristo. Lamentablemente, el Mensaje Secreto de Fátima no fue dado a conocer al mundo ni por los Papas de Roma, ni por Sor Lucía, que fue a quien la Santísima Virgen María dio el Mensaje e hizo responsable de difundirlo a su debido tiempo. La Santísima Virgen María, en sus Apariciones del Sagrado Lugar de El Palmar de Troya, ya había revelado el verdadero contenido del Secreto de Fátima en todos sus pormenores, dejando bien patente la apostasía de la Iglesia Romana por obra de la jerarquía eclesiástica masónica y comunista, con el consecuente reinado de los antipapas en el Vaticano. A su vez, la Santísima Virgen María anunció en las apariciones palmarianas que la Sede de la Iglesia Católica sería trasladada al Sagrado Lugar de El Palmar de Troya, lo cual sucedió tras la muerte del Papa San Pablo VI, pues su sucesor, el verdadero Papa, fue San Gregorio XVII.

El Papa San Gregorio XVII fue el gran Mensajero Apocalíptico. Gracias a sus Mensajes, el mundo ha llegado a conocer con entera veracidad lo concerniente a estos Últimos Tiempos o Era Apocalíptica. Él tuvo la suficiente valentía e intrepidez de evidenciar los grandes acontecimientos. Gracias a su fidelidad a los Mensajes recibidos de Dios, la humanidad es conocedora de lo contenido en el Mensaje Secreto de Fátima, tan manipulado y traicionado por la misma vidente Sor Lucía de Fátima. Si Sor Lucía de Fátima hubiera dado testimonio del Secreto que la Santísima Virgen María la confió para que lo revelara a su tiempo, muchos no vivirían ahora en la apostasía, sino que hubieran reconocido que el verdadero Vicario de Cristo reside en el Sagrado Lugar de El Palmar de Troya, Sede Apostólica de la verdadera Iglesia: La Una, Santa, Católica, Apostólica y Palmariana. Pero Sor Lucía de Fátima traicionó la verdad, para complacer a los altos jerarcas vaticanos. Recordamos que, el Mensaje Secreto de Fátima, es fundamentalmente el siguiente: El comunismo y la masonería escalarán la cima y demás altos puestos del Vaticano; lo cual se consumó con el establecimiento en Roma del antipapado tras la muerte del Papa San Pablo VI. 

Un día en 1916, tres jóvenes pastores, de seis, nueve y diez años de edad, cuidan sus ovejas en Fátima. Poco después de rezar el Rosario, un viento fuerte sacude los árboles y ven, sobre una luz muy blanca, la figura de un joven transparente y brillante que se acercaba. Al llegar junto a ellos, dijo: “¡No temáis! Soy el Ángel de la Paz.

¡Orad conmigo!” Y, arrodillado en tierra, el Ángel inclinó la frente hasta el suelo. Llevados de un movimiento sobrenatural, le imitaron y repitieron las palabras que le oían pronunciar: “Dios mío, yo creo y espero en Vos, Os adoro y Os amo. Os pido perdón por los que no creen, ni adoran, ni esperan, ni Os aman.” Después de repetir esto tres veces, se levantó y dijo: “Orad así. Los corazones de Jesús y de María están atentos a la voz de vuestras súplicas.” El Ángel desapareció y la atmósfera de lo sobrenatural que les envolvió era tan intensa, que casi no se daban cuenta de su propia existencia, y esto duró un buen espacio de tiempo. Permanecieron en la posición en que les había dejado, repitiendo siempre la misma oración. Se sentía tan intensa e íntima la presencia de Dios que ni entre ellos se atrevían a hablar.

Otro día, de repente el Ángel apareció a su lado: “¿Que hacéis? ¡Orad, mucho! ¡Los corazones de Jesús y de María tienen sobre vosotros designios de misericordia! ¡Ofreced constantemente al Altísimo oraciones y sacrificios!” “¿Cómo hemos de sacrificarnos?” “Con todo lo que podáis, ofreced un sacrificio al Señor en acto de reparación por los pecados con que es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores. Atraed así sobre nuestra patria la paz… Sobre todo, aceptad y soportad con sumisión los sufrimientos que el Señor os mande.”

En otra ocasión vino el Ángel trayendo en la mano un cáliz y, sobre él una Hostia, de la que caían dentro del cáliz algunas gotas de sangre. Dejando el cáliz y la Hostia suspendidos en el aire, se postró en tierra y repitió tres veces la oración: “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo Os adoro profundamente y Os ofrezco el preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios de la tierra, en reparación de los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Santísimo Corazón y del Inmaculado Corazón de María, Os pido la conversión de los pobres pecadores.” Después, el Ángel les dio la Santa Comunión, diciendo: “Tomad y bebed el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, horriblemente ultrajado por los hombres ingratos. Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios.”

El 13 de mayo de 1917, en la Cova da Iría, en Fátima, los tres pastorcitos ven una Señora hermosísima y brillante vestida de blanco. “¡No temáis!,” dice la Señora, “Yo no os hago mal… Soy del Cielo… Vengo a pediros que vengáis aquí seis meses seguidos, el día 13, a esta misma hora. Después diré quién soy y lo que quiero.” Después la Señora dice a los niños: “¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que Él quiera mandaros, en reparación por los pecados con que es ofendido y como súplica por la conversión de los pecadores?” Respondieron que sí. “Tendréis, pues, mucho que sufrir, pero la gracia de Dios os confortará”, promete la Señora. “Rezad el Rosario todos los días para alcanzar la paz al mundo y el fin de la guerra.” Comenzó entonces a elevarse hasta desaparecer.

“Quiero que vengáis aquí el día 13 del mes que viene; que recéis el Rosario intercalando entre los Misterios la jaculatoria: ‘¡Oh Jesús mío!, perdónanos, líbranos del fuego del infierno, lleva todas las pobres almas al Cielo, principalmente las más necesitadas.’”

Los niños piden que les lleve al Cielo. “Sí,” responde la Santísima Virgen, “a Jacinta y a Francisco voy a llevarles pronto. Pero tú has de quedar aquí algún tiempo. Jesús quiere servirse de ti para que me hagas conocer y amar. Quiere establecer en el mundo la devoción a Mi Inmaculado Corazón. A quien la abrazare, le prometo la salvación; y estas almas serán amadas por Dios, como flores puestas por Mí para adornar su trono.”

El 13 de julio, dijo: “Quiero que continuéis rezando el Rosario todos los días, en honra de Nuestra Señora del Rosario, para obtener la paz del mundo y el fin de la guerra, porque sólo Ella les podrá valer… Continuad viniendo aquí todos los meses. En octubre os diré quién soy, y lo que quiero. Y haré un milagro para que todos crean.” Uno de los niños le cuenta sobre un enfermo que pedía ir pronto al Cielo. “Que no tenga prisa: Yo bien sé cuándo he de ir a buscarle.”

Después la Señora dijo: “Sacrificaos por los pecadores, y decid muchas veces y en especial siempre que hiciereis algún sacrificio: ‘Oh Jesús, es por vuestro amor, por la conversión de los pecadores y en reparación por los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María’.” Al decir estas últimas palabras, abrió de nuevo las manos, como en los dos meses anteriores. El reflejo que esparcían parecía que penetraba en la tierra y vieron como un mar de fuego y sumergidos en él, a los demonios y a las almas, como si fuesen brasas transparentes y negras o bronceadas, en forma humana que flotaban en el incendio lanzadas por las llamas que de ellas mismas salían juntamente con nubes de humo que por todas partes se esparcían – como acontece con las chispas y centellas en los grandes incendios – sin peso ni equilibrio, entre gritos y gemidos de dolor y desesperación que horrorizaban y hacían estremecer de pavor. Los demonios se distinguían por sus formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero transparentes como negros carbones hechos brasas.

Asustados, pálidos y como para pedir socorro, los pequeños levantaron la vista hacia Nuestra Señora. La Virgen explicó: “Habéis visto el infierno, a donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas, quiere Dios establecer en el mundo la devoción a Mi Inmaculado Corazón. Si hacen lo que Yo os diga, se salvarán muchas almas y tendrán paz. La guerra va a terminar, pero si no dejan de ofender a Dios… comenzará otra peor. Cuando veáis una noche alumbrada por una luz desconocida, sabed que es la gran señal que Dios os da de que va a castigar al mundo por sus crímenes por medio de la guerra, del hambre y de la persecución a la Iglesia y al Santo Padre. Para impedirlo, vendré a pedir la consagración de Rusia a Mi Inmaculado Corazón y la Comunión reparadora de los Primeros Sábados. Si atendieran mis peticiones, Rusia se convertirá y tendrán paz; si no, esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia. Los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá que sufrir mucho, varias naciones serán aniquiladas. Por fin Mi Inmaculado Corazón triunfará. El Santo Padre Me consagrará Rusia, que se convertirá, y será concedido al mundo algún tiempo de paz… Esto no se lo digáis a nadie. A Francisco, sí podéis decírselo.” Solamente los tres niños contemplaron las apariciones, pero algunos de los presentes se dieron cuenta de que al final de esta aparición, lloraban, y dijeron que el mensaje era “un secreto… es bueno para unos y malo para otros.”

Desde este momento, el secreto ha constituido una legítima expectación y el deseo de conocerlo ha excitado a todos los que han tenido conocimiento de su existencia. ¿De qué se trata? ¿En qué consistirá el dicho secreto?

El alcalde de Vilanova de Ourém, a pesar de ser un rabioso anticlerical y dirigente de la masonería, fue el primero en querer enterarse del secreto confiado por la Aparición a los videntes. Urdió la estratagema de arrancarles el secreto amenazándoles con la muerte más espantosa si no le revelaban el ya, desde entonces, famoso secreto. Fueron secuestrados, interrogados y encarcelados. Pero triunfó la inocencia y la sencillez sobre la astucia del empedernido francmasón, y los niños se mantuvieron firmes y serenos, aun ante la seguridad de una muerte horrible por cremación. No se apareció la Virgen el día 13 de agosto, como les había anunciado con anterioridad, debido a los sucesos provocados por el alcalde, pero quiso recompensar a los niños que le habían permanecido fieles en circunstancias tan difíciles y se apareció el día 19, y le pidieron que hiciese un milagro para que todos creyesen. “Sí,” respondió la Virgen, “el último mes, en octubre, haré un milagro, para que todos crean en mis Apariciones. Si no os hubiesen llevado a la aldea, el milagro hubiera sido más grandioso. Vendrá San José con el Niño Jesús para dar la paz al mundo. Vendrá también Nuestro Señor para bendecir al pueblo. Vendrá también

Nuestra Señora del Rosario y Nuestra Señora de los Dolores… Rezad, rezad mucho y haced muchos sacrificios por los pecadores, pues van muchas almas al Infierno por no haber quien se sacrifique y pida por ellas.”

Estas palabras profundamente impresionaron las mentes de los pastorcitos y despertaban en ellos un hambre cada vez más fuerte de mortificación, oración y sufrimientos. Su único deseo era cerrar para siempre las puertas de aquel terrible horno del Infierno de tal modo que no fuesen allá más almas.

Cuando dejados en paz en los campos con sus ovejas, los tres pastorcitos se pasaban así horas y horas, en el peñasco donde el Ángel había aparecido, postrados en tierra y repitiendo la oración que el Ángel les había enseñado: “¡Dios mío, creo y espero en Vos, os adoro y os amo! ¡Os pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan, y no os aman!… Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo Os adoro profundamente y Os ofrezco el preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los sagrarios de la tierra, en reparación de los ultrajes, sacrilegios, e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sacratísimo Corazón y del Inmaculado Corazón de María, Os pido la conversión de los pobres pecadores.”

Cuando la incómoda postura se les hacía insoportable, se ponían a rezar el Rosario, sin olvidarse de intercalar la jaculatoria que les había enseñado Nuestra Señora: “Oh Jesús, perdonadnos, libradnos del fuego del Infierno, llevad a todas las pobres almas al Cielo, especialmente a las más necesitadas.”

Los niños rezaban mucho, pero se sacrificaban aún más. Se dedicaban a descubrir nuevos modos de sufrir por la conversión de los pecadores. Para evitar que los otros mal entendiesen los motivos de sus mortificaciones e impedirles salvar almas del Infierno, lo guardaban en sigilo entre ellos mismos y la Virgen Santísima.

Durante las Apariciones de julio, agosto y septiembre, la Virgen Santísima había asegurado a los pastorcitos que la última vez que se apareciera, en octubre, obraría un milagro para que todos viesen y de este modo creyesen. Los pastorcitos lo habían repetido a todos los que les venían a preguntar y las noticias al respecto se habían esparcido a lo largo y ancho del país. La expectativa y ansiedad provocadas por el anuncio de este tremendo milagro pesaban mucho sobre las familias de los pastorcitos. Los incrédulos se reían de la profecía y los enemigos de la Iglesia lo llamaban un gran engaño de la Iglesia al pueblo. Para ellos el 13 de octubre sería un día en el que regocijarse porque el engaño sería desenmascarado y la Iglesia sería desacreditada por completo. Los niños estaban entristecidos extremadamente frente a la incredulidad de tantos, pero confiaban totalmente en la bondad de Nuestra Señora y por eso no se preocupaban.

La mañana del 13 de octubre de 1917, en Fátima la lluvia caía a cántaros; un triste inicio para el día glorioso prometido por Nuestra Señora y los niños. Sin embargo, la lluvia no desanimó la fe viva con que millares de peregrinos de todas las provincias de Portugal se encaminaban a la dichosa tierra para presenciar el milagro prometido. Incluso los diarios, hasta entonces tan hostiles a los sucesos en Fátima, enviaron periodistas al lugar, y como publicaron en los días siguientes extensos artículos sobre los eventos extraordinarios, los aprovecharemos aquí, citando las narrativas periodísticas que describen la auténtica historia del acontecimiento:

Toda la noche, toda la madrugada, se pasó cayendo una lluvia menuda, persistente, que encharcaba los campos, que entristecía la tierra, que calaba hasta los huesos, con su humedad fría, a mujeres, niños, hombres y animales que cruzaban las macilentas carreteras que conducen a la sierra del milagro. La lluvia caía, caía, insistente y blanda.

Las faldas de lana sencilla y las estampadas telas parecían pingos y pesaban como plomo en las franjas de las cinturas. Las gorras y los largos sombreros escurrían agua sobre las chaquetas nuevas de los días de fiesta. Los pies descalzos de las mujeres, las botas herradas de los hombres patinaban en los grandes pozos del lodazal de las carreteras.

“Caminaban sierra arriba iluminados por la fe, con ansias del milagro que Nuestra Señora prometió, para el día 13, a la una de la tarde, a las almas sencillas y puras de tres niños que apacentaban sus ganados. (Pero en realidad era mediodía en Fátima porque el sol en ese momento estaba en su punto más alto.) Se oía cada vez más cercano un murmullo que bajaba del monte; murmullo que parecía la voz lejana del mar, que había penetrado en el silencio de los campos. Eran cánticos que se definían entonados por millares de bocas. En la planicie alta de la sierra se veía cubriendo el monte, llenando un valle, una mancha enorme y movediza de millares y millares de criaturas de Dios, millares y millares de almas que rezaban.”

Algunos estimaban que la muchedumbre en Cova da Iría ese día debía de ser por lo menos de setenta mil personas. Un profesor de la Universidad de Coimbra, después de considerarla con cuidado, nos habla en su relación de más de cien mil. Pasaron la noche todos al aire libre, porque no había ni una habitación disponible. Aún no apuntaba el sol y ya se rezaba, se lloraba y cantaba.

Ese día, apareció la Santísima Virgen María y habló a los tres pastorcitos: “Quiero decirte que hagan aquí una capilla en mi honor, que soy Nuestra Señora del Rosario, que continuéis rezando el Rosario todos los días. La guerra va a terminar y los soldados volverán pronto a sus casas.” Y, tomando un aspecto muy triste, continuó: “¡Que no ofendan más a Nuestro Señor, que está ya muy ofendido!”

Se preguntó a los pastorcitos, al día siguiente del milagro del sol, lo que había dicho Nuestra Señora esta última vez, y Jacinta contestó: “Vengo aquí para deciros que no ofendan más a Nuestro Señor, que ya está demasiado ofendido; que si el pueblo se enmienda, acabará la guerra, y si no se enmienda, acabará el mundo.” Cuando preguntaron a Lucía si había tenido alguna revelación de Nuestra Señora respecto al fin del mundo, contestó: “No puedo contestar a esa pregunta,” pues había recibido prohibición de hablar nada sobre el secreto.

Mientras la Señora se despedía de ellos, abrió las manos que emitían un flujo de luz. Según se elevaba, apuntó hacia el sol y la luz destellando de Sus manos reflejaba hacia los fulgores del sol.

Hubo un voceo inmenso de maravilla y pasmo de parte de la muchedumbre. Fue en este preciso momento que las nubes rápidamente se dispersaron y el cielo aclaró. El sol estaba pálido como la luna. Los tres niños tuvieron esta visión: A la izquierda del sol, San José apareció con el Niño Jesús en su brazo izquierdo. San José salía de entre nubes luminosas dejando ver apenas su busto y junto con el Niño Jesús dibujaron por tres veces la Señal de la Cruz bendiciendo al mundo. Mientras San José lo hacía, Nuestra Señora estaba en todo su resplandor a la derecha del sol, vestida en azul y blanco como Nuestra Señora del Rosario. Mientras tanto, los videntes estaban bañados en los colores y señales maravillosos del sol, y vieron a Nuestro Señor vestido de rojo como el divino Redentor bendiciendo al mundo, como Nuestra Señora había vaticinado. Al igual que San José, era visible apenas su busto. A su lado estaba su Madre Santísima con las características de Nuestra Señora de los Dolores, vestida de rosa, pero sin espadas en el pecho. Terminada esta visión, la Santísima Virgen se aparecía otra vez en todo su resplandor etéreo usando finalmente el simple manto de Nuestra Señora del Carmen.

Mientras los niños contemplaban extáticos las celestiales visiones, se obraban en los cielos contundentes y pasmosos milagros ante los ojos de incontables millares de personas. El sol había asumido un color extraordinario. Las palabras de los testigos oculares mejor describen estas señales estupendas. “La gente miraba fijamente al sol sin que les dañara. Parecía como si se oscureciese e iluminase sucesivamente. Lanzaba manojos de luz a un lado y a otro y todo lo pintaba de distintos colores, los árboles y la gente, el suelo y el aire. Pero lo más notable era que el sol no dañaba la vista.” Un hombre como que trabajaba con sus rebaños todos los días en los campos abiertos y cuidaba de su jardín bajo el sol ardiente de la sierra portuguesa, se maravillaba por ese hecho. “Todos clavaban la vista en el astro-rey tranquila y sosegadamente. De improviso el sol se para y comienza a danzar y bailar; y otra y otra vez comienza a danzar y a bailar hasta que por fin pareció que se desprendía del cielo y venía encima de la gente. ¡Fue un momento terrible!”

El sol producía diferentes colores, amarillo, azul y blanco e infundía un gran terror, porque parecía una rueda de fuego que iba a caer sobre la gente. Mientras el sol se precipitaba hacia la tierra zigzagueando vigorosamente, la multitud gritó aterrorizada: “¡Ay Jesús! ¡Qué aquí morimos todos! ¡Ay Jesús! ¡Qué aquí morimos todos!” Otros rogaban por misericordia, “¡Nuestra Señora nos valga!” Y rezaban el acto de contrición. Hubo hasta una señora que hizo confesión general y decía en alta voz: “¡Yo hice esto y aquello!”

Por fin el sol desvió hacia atrás a su órbita en el cielo. “Todos dieron un suspiro de alivio. Estábamos vivos y había tenido lugar el milagro que los niños habían anunciado.”

Nuestro Señor, ya tan ofendido por los pecados de la humanidad y en especial por el trato a los niños por parte de los funcionarios del distrito, fácilmente podría haber destruido el mundo ese día memorable. Sin embargo, Nuestro Señor no vino a destruir, sino a salvar. Salvó el mundo ese día por medio de la bendición del bienaventurado San José y el amor del Inmaculado Corazón de María para con sus hijos en la tierra. Nuestro Señor habría detenido la gran Guerra Mundial que entonces estallaba y concedido la paz al mundo por medio de San José, Jacinta declaró más tarde, si los niños no hubiesen sido detenidos y llevados a Ourém. “Siempre que lo hicisteis con alguno de estos mis más pequeños hermanos,” advierte Nuestro Señor, “conmigo lo hicisteis.”

El milagro había sucedido a la hora y en el día designado por Nuestra Señora. Nadie estaba decepcionado, nadie sino, tal vez, Nuestra Señora, que había dicho que el milagro habría sido más grande si los niños no hubiesen sido maltratados. Muchos miles de personas en Cova da Iría y en aldeas cercanas atestiguaban las señales contundentes. Sus testimonios son de sumo interés. Hay pequeñas variaciones en sus descripciones de los acontecimientos, aunque todos concuerdan que era el suceso más tremendo e impresionante que nunca atestiguaron. Para llegar a la idea de cuánto el suceso impresionó a la gente, deben leerse las narrativas periodísticas de aquel entonces:

A la una de la tarde, cesó la lluvia. El cielo presentaba un tono gris perla y una claridad extraña que iluminaba aquella gran extensión dando al paisaje un aspecto trágico, triste, muy triste, cada vez más triste. Tenía el sol como un velo de gasa transparente para que los ojos lo pudiesen mirar. El tono ceniciento de madreperla se transformaba en una lámina de plata brillante que se iba rompiendo hasta que las nubes se rasgaron y el sol plateado, envuelto en la misma envoltura ligera cenicienta se vio rodar y girar en torno de las nubes desviadas. Un solo grito salió de todas las bocas; cayeron de rodillas en la tierra encharcada los millares de criaturas a las que Dios y la fe levantaban hasta el cielo.

La luz se azulaba en un delicado azul, como si se derramase a través de las vidrieras de una inmensa catedral en aquella nave gigantesca que formaban las manos que se erguían por los aires. La azulada luz se extinguió lentamente para aparecer como filtrada por vidrieras amarillas. Manchas amarillas aparecían sobre los lienzos blancos y sobre las sayas oscuras y pobres de sencilla lana. Eran manchas que se reproducían indefinidamente en las encinas rastreras, en las piedras de la sierra. Todos lloraban, todos rezaban sombrero en mano con la impresión grandiosa del milagro esperado. Fueron segundos, fueron instantes que parecieron horas ¡de tanta viveza fueron!

O Século, otro periódico de Lisboa, publicó un artículo aún más detallado de los acontecimientos extraordinarios: “…Desde lo alto de la carretera, donde se aglomeraban los carruajes y se mantenían muchos cientos de personas sin valor para meterse tierra adentro, se vio a toda la inmensa multitud volverse al sol, que se presentó en la altura libre de nubes. El astro parecía una placa de plata opaca y era posible fijarse en su disco sin el menor esfuerzo. No quemaba, no cegaba. Se diría que se estaba realizando un eclipse. Mas he aquí que se levanta un alarido colosal, y a los espectadores que se encuentran más cerca se oye gritar: ‘¡Milagro! ¡Milagro! ¡Prodigio! ¡Prodigio!’

A los ojos deslumbrados de aquel pueblo, cuya actitud nos transporta a los tiempos bíblicos y que, pálido de asombro, con la cabeza descubierta, miraba cara a cara al cielo, el sol se agitaba y tenía movimientos bruscos nunca vistos, fuera de todas las leyes cósmicas; el sol bailó según la típica expresión de aquella sencilla gente.

Un anciano, de fisonomía dulce y enérgica, reza, vuelto al sol, con voz clamorosa el Credo. Le veo después dirigirse a los que le rodean y que se mantenían con la cabeza cubierta, suplicándoles con todo encarecimiento que se descubran ante tan extraordinaria manifestación de la existencia de Dios. Escenas idénticas se repiten donde nosotros nos encontramos, y una señora clama, bañada en llanto y sofocada: ¡‘Qué lástima! ¡Aún hay hombres que no se descubren ante tan estupendo milagro!’

Y seguidamente se preguntan unos a otros si vieron y lo que vieron. El número mayor confiesa que vio agitarse y bailar el sol; otros declaran haber visto el rostro risueño de la propia Virgen, juran que el sol giró sobre sí mismo como una rueda de fuegos artificiales, que bajó casi hasta quemar la tierra con sus rayos. Hay quien dice que lo vio cambiar sucesivamente de colores.”

El testimonio de otro espectador, catedrático de la Universidad de Coimbra, es muy informativo y corrobora los otros: “El sol, momentos antes, había disipado el grueso grupo de nubes que lo tenía oculto, para brillar clara e intensamente. Me volví hacia ese imán que atraía todas las miradas y pude verlo semejante a un disco nítido de luz viva, luminosa y luciente, pero sin molestar. No me pareció buena la comparación que en Fátima oí hacer, de un disco de plata opaca. Porque tenía un color más claro, activo y rico y además con cambiantes como una perla. No se parecía en nada a la luna en noche transparente y pura, porque se veía y se sentía que era un astro vivo. No era como la luna, esférica, no tenía la misma tonalidad ni claro-oscuros. Parecía una rueda bruñida cortada en el nácar de una concha. Tampoco se confundía con el sol encarado a través de la niebla (que por otra parte no hacía en aquel tiempo), porque no era opaco, difuso, ni estaba velado. En Fátima tenía luz y calor y se dejaba ver nítido y con bordes en arista, como una mesa de juego. Había en la bóveda celeste ligeros cirros con giros de azul aquí y allá, pero el sol algunas veces se dejó ver en trozos de cielo azul. Las nubes que corrían ligeras de poniente a oriente no empañaban la luz (que no hería) del sol, dando la impresión, fácilmente comprensible y explicable, de que pasaban por detrás; nubes que al deslizarse delante del sol parecían tomar una tonalidad rosa o azul diáfana. Maravillosa cosa que pudiera uno fijarse largo tiempo en el astro, llama de luz y brasa de calor, sin el menor dolor en los ojos y sin ningún deslumbramiento en la retina que cegase. Este fenómeno, con dos breves interrupciones, en las que lanzó el sol sus más ardorosos y refulgentes rayos obligando a desviar la vista, debió durar unos diez minutos. Este disco tenía el vértigo del movimiento. No era el centelleo de un astro en plena vida. Giraba sobre sí mismo con una velocidad pasmosa. De repente se oyó un clamor, como un grito de angustia de toda aquella gente. El sol, conservando la celeridad de su rotación, se destaca del firmamento, y avanza sanguíneo sobre la tierra amenazando aplastarnos con el peso de su ígnea e ingente mole. Fueron momentos de terrorífica impresión. Durante el accidente solar, que poco a poco estaba describiendo, hubo en la atmósfera coloridos cambiantes. Estando mirando al sol, noté que todo se oscurecía a mi alrededor. Miré lo que estaba cerca y alargué mi vista a lo lejos, y todo lo vi color de amatista. Los objetos, el cielo y la atmósfera tenían el mismo color. Un arbusto rojizo, que se erguía delante de mí, lanzaba sobre la tierra una sombra recargada. Recelando haber sufrido una afección a la retina, hipótesis poco probable, porque dado este caso no debía ver las cosas de color rosa, me volví, cerré los párpados y los contuve con las manos para interceptar toda luz. Volví a abrir los ojos y reconocí que, como antes, el paisaje, y el aire continuaban del mismo color rosa. La impresión no era de eclipse. Continuando mirando al sol, reparé que el ambiente había cambiado. Al poco oí a un campesino que decía espantado: ‘¡Esta señora está amarilla!’ Realmente, todo iba cambiando, de cerca y de lejos, tomando el color de hermosos damascos amarillos. Las personas parecían enfermas de ictericia. Me reía al verlas francamente feas. Mi mano tenía el mismo color amarillo.”

El testimonio de este hombre erudito demuestra cuán difícil era describir adecuadamente las señales maravillosas que ocurrieron en los cielos ese día. El 13 de octubre de 1917 fue un día memorable para toda la gente que presenció los acontecimientos. Un periodista de Oporto lo relataba con estas palabras: “El sol, unas veces rodeado de llamas muy vivas, otras aureolado de amarillo y rojo atenuado, otras veces pareciendo animado de velocísimo movimiento de rotación, otras aparentando desprenderse del cielo, acercarse a la tierra e irradiar un fuerte calor.”

Otro testigo dice que, después de la lluvia matutina, “…inmediatamente aparece el sol con la circunferencia bien definida. Se aproxima como a la altura de las nubes y comienza a girar sobre sí mismo vertiginosamente como una rueda de fuegos artificiales, con algunas intermitencias, durante más de ocho minutos. Todo se quedó casi oscuro y los rostros de las personas eran amarillos. Todos se arrodillaron en la enlodada tierra.”

Un niño que tenía nueve años en aquel entonces y que vivía en una aldea a 16 kilómetros distante de Fátima, llegó a ser sacerdote y recordaba vivamente ese día.

Estaba en una escuela: “Era hacia el mediodía cuando fuimos sorprendidos y quedamos sobresaltados por los gritos y exclamaciones de algunos hombres y mujeres que pasaban por la calle delante de nuestra escuela. La maestra fue la primera que corrió a la calle sin poder evitar que detrás de ella corriesen todos los niños. En la calle la gente lloraba y clamaba, apuntando al sol.

Era el gran ‘Milagro’ prometido por Nuestra Señora. Me siento incapaz de describirlo como entonces lo vi y sentí. Miraba fijamente al sol, que me parecía pálido, de manera que no cegaba los ojos. Era como un globo de nieve que rodaba sobre sí mismo. Después, de repente, pareció que bajaba en zig-zag amenazando caer sobre la tierra. Aterrado, corrí a meterme en medio de la gente. Todos lloraban aguardando de un instante a otro el fin del mundo. Junto a nosotros estaba un incrédulo, sin religión alguna, que había pasado la mañana mofándose de los simplones que andaban toda aquella caminata de Fátima para ir a ver a una niña. Lo miré, estaba como paralizado, asombrado, con los ojos fijos en el sol. Después lo vi temblar de pies a cabeza, y, levantando las manos al cielo, cayó de rodillas en tierra gritando: ¡‘Nuestra Señora! ¡Nuestra Señora!’ Entretanto, la gente continuaba gritando y llorando, pidiendo a Dios perdón de los propios pecados. Después corrimos a las dos capillas de la aldea, que en pocos instantes quedaron repletas. Durante estos largos minutos del fenómeno solar los objetos que nos rodeaban reflejaban todos los colores del arco iris. Mirándonos unos a otros, una parecía azul, otro amarillo, otro rojo, etc. Todos estos extraños fenómenos aumentaban el terror de la gente. Pasados unos diez minutos, el sol volvió a su lugar, del mismo modo como había bajado, pálido aún y sin esplendor. Cuando la gente se persuadió de que el peligro había desaparecido, estalló una explosión de alegría. Todos prorrumpieron en una exclamación de acción de gracias: ‘¡Milagro! ¡Milagro! ¡Milagro! ¡Bendita sea Nuestra Señora!’”

Después del milagro solar, el pueblo electrizado y conmovido irrumpió en exclamaciones de arrepentimiento y contrición pidiendo misericordia, y como sugeridos por el Espíritu Santo, todos puestos en pie comenzaron a cantar el Credo en voz alta. Al mismo tiempo, cuando la gente se levantó del suelo fangoso, otra sorpresa les esperaba, también naturalmente inexplicable: Unos minutos antes, habían estado de pie en la lluvia torrencial, con la ropa totalmente empapada. Ahora cayeron en la cuenta de que ¡se encontraba su ropa súbita y perfectamente seca y sin señal ninguna del agua recibida! ¡Con qué bondad trataba Nuestra Señora a sus amigos que habían hecho frente a la lluvia y el lodo, y se habían vestido con su ropaje dominical para ir a su encuentro!

El Obispo de Leiria escribió en su Carta Pastoral que aquellos que habían presenciado los sucesos de ese gran día eran verdaderamente afortunados. Dijo: “Los niños fijaron con antelación el día y la hora en que había de darse: La noticia corrió veloz por todo Portugal y, a pesar de lo desabrido del día y de llover copiosamente, se reunieron millares y millares de personas que, al final de la última Aparición, presenciaron todas las manifestaciones del astro-rey, homenajeando a la Reina del Cielo y de la tierra, más brillante que el sol en el auge de sus luces. Este fenómeno que ningún observatorio astronómico registró y, por lo tanto, no fue natural, lo presenciaron personas de toda posición y clase social, creyentes y ateos, periodistas de los principales diarios portugueses y hasta individuos a kilómetros de distancia.” Son esas sus palabras oficiales, habladas después de estudios extensos e interrogaciones cuidadosas de muchos de los testigos de la aparición. No hay posibilidad de error o ilusión cuando cerca de cien mil personas convienen en atestiguarlas. Dios en el Cielo había llamado a la gente del mundo a juntarse a Él en prestar homenaje y gloria a su Bendita Madre María.

La Santísima Virgen María había prometido llevarse pronto al Cielo a Francisco y Jacinta Marto. En cuanto a Jacinta, parecía preocupada con el único pensamiento de convertir a los pecadores y librar a las almas del infierno, pero Francisco parecía no pensar sino en consolar a Nuestro Señor y a Nuestra Señora, a los que había visto muy tristes. Se dedicaron a la oración y penitencia, y a rezar muchos rosarios.

El día antes de su muerte, Francisco recibió a Jesús en su corazón y cerró los ojos en oración, descansando en Jesús mientras Jesús descansaba en él. Mientras la presencia de Dios le impregnaba, se acordaba de aquel otro día cuando el Ángel vino y juntos adoraron a Jesús en el Santísimo Sacramento. Este niño fiel había dado su vida para hacer reparación a los Corazones de Jesús y María por los pecados de los hombres ingratos. Había empleado horas, días enteros, soñando con sus amados, Jesús y María, despreciando los placeres absorbentes de la niñez para consolar sus Corazones amorosos. Con Cristo adentro, Francisco se ofreció a sí mismo muchas veces como una víctima de amor, consuelo y reparación. Fue esa su primera y última Comunión, porque el día siguiente, 4 de abril de 1919, Nuestra Señora vino a recogerlo para Sí. Una sonrisa celestial le entreabría los labios por donde pasaba el último suspiro. Tranquilamente, sin agonía ni el menor indicio de sufrimiento, se apagaba su vida. Este niño de diez años había acabado el trabajo que Dios le dio para hacer.

Jacinta dijo: “Me gustan tanto Nuestro Señor y Nuestra Señora que nunca me canso de decirles que los amo. Cuando lo digo muchas veces parece que tengo fuego en el pecho, pero no me quema.”

Pocos días antes de morir, Jacinta dijo: “Los pecados que arrojan más pecadores al infierno son los pecados de la carne; se adoptarán modas que ofenderán mucho a Nuestro Señor; la Virgen ha dicho que habrá muchas guerras y discordias en el mundo; las guerras no son sino castigos por los pecados del mundo; la Santísima Virgen no puede detener más el brazo de su Amadísimo Hijo sobre el mundo; hay que hacer penitencia; si los hombres se arrepienten, el Señor perdonará todavía; pero si no mudan de vida, vendrá al mundo el castigo más terrible que se ha conocido. Reza mucho por los pecadores; reza mucho por los religiosos; los sacerdotes deben ser puros, muy puros; los sacerdotes no deben ocuparse sino de las cosas de la Iglesia y de las almas; la desobediencia de los sacerdotes a sus superiores y al Sumo Pontífice desagrada mucho a Nuestro Señor.”

Jacinta no sólo rezaba, sino también sufría. La bronconeumonía que padecía empeoraba diariamente y se formó en su pecho un absceso. A la madre, que se mostraba muy triste al ver su querida pequeñita sufrir tanto, Jacinta siempre respondía con palabras de consuelo: “No te pongas triste, madre, que yo voy al Cielo; allá he de pedir mucho por ti.” Pequeña soldado que era, se esforzaba por olvidar su enfermedad y sus dolores para ofrecer todo por la conversión de los pecadores. “¡Pobrecitos! Tenemos que rezar y hacer muchos sacrificios por ellos… ¡Ah, si pudiésemos con nuestros sacrificios cerrar para siempre las puertas de aquel terrible horno; si pudiésemos hacer que todos los pecadores fuesen al Cielo!” Jacinta no dejaba desperdiciar ni un momento de sufrimiento; una sola punzada de dolor le tenía más valor que todo el oro en el mundo. Murió el 20 de febrero de 1920, a los nueve años de edad.

Fátima debe tomarse en serio. No se puede pensar, con pura lógica, que el Cielo promueva unas manifestaciones tan espectaculares solamente para exhortarnos a hacer una penitencia corriente, o que se obligue a guardar tantos años un secreto que sea una divulgación vulgar de cosas triviales o sin trascendencia. Eso sería un absurdo. Si tales manifestaciones son verdaderas, y los milagros demuestran que lo son, entonces el secreto tiene que encerrar unas realidades capitales, de importancia suma. Algo importantísimo se juega la humanidad en estas manifestaciones. Se dijo de fuente bien informada que el Papa Juan XXIII, al leer el tercer secreto de Fátima en 1960, volvió a sellarlo, diciendo que él no quería ser ‘profeta de calamidades’, y que dijo a un Obispo misionero: “Yo no puedo publicar ese texto (del secreto), porque sería provocar pánico en el mundo entero.”

En 1957 la vidente sor Lucía dijo: “La Santísima Virgen está muy triste porque nadie hace caso de su mensaje, ni los buenos ni los malos. Ni los buenos, porque prosiguen su camino de bondad de apostolado, de virtud, pero sin hacer caso de su Mensaje. Ni los malos, porque no viendo el castigo de Dios actualmente sobre ellos, a causa de sus pecados, prosiguen también su camino de maldad, sin hacer caso de este Mensaje; pero, créame, Dios va a castigar al mundo y lo va a castigar de una manera tremenda. El castigo del Cielo es inminente: ¿Qué falta, Padre, para el año 1960? Lo que sucederá entonces será una cosa muy triste para todos y no cosa alegre, si antes el mundo no hace Oración y Penitencia. … El demonio está librando una batalla decisiva contra la Virgen; y como sabe qué es lo que más ofende a Dios y lo que en menos tiempo le hará ganar mayor número de almas, está tratando ahora de ganar a las almas consagradas a Dios, tanto en la vida religiosa como en la vida sacerdotal; ya que, de esta manera, deja el campo de las almas desamparado, y así, él más fácilmente se apoderará de ellas.” (En 1957 era absolutamente imprevisible la gran cantidad de defecciones de la vida religiosa y sacerdotal que sobrevendría a la Iglesia después del conciliábulo Vaticano II.)

¿Qué era ese tremendo castigo anunciado en el secreto de Fátima, y que iba a empezar a partir del año 1960? Ahora, por los hechos, vemos lo que era: que Dios abandonó a los culpables en manos de sus enemigos, como sucedió cuando el pueblo de Israel, por sus pecados, fue llevado cautivo a Babilonia. Por la infidelidad del clero y del pueblo, Dios permitió a los masones infiltrados en la Iglesia llegar a los más altos puestos.

El nefasto conciliábulo Vaticano II fue desde 1962 a 1965. El Papa San Juan XXIII fue utilizado, debido a su bondad, por los enemigos de la Iglesia. Sobre el conciliábulo Vaticano II dice el Papa San Gregorio XVII: “Ciertamente, el Concilio Vaticano II fue convocado por Nuestro Venerado Predecesor, el Papa San Juan XXIII, ante los terribles acontecimientos relatados en el Secreto de Fátima. El Papa, asustado del contenido del Mensaje de Fátima, sintió la inspiración del Espíritu Santo para convocar el Concilio… Después de las primeras sesiones, el aula del Concilio era un reflejo de la humanidad antes del Diluvio Universal. El Espíritu Santo se retiró del Concilio, al igual que lo había hecho cuando se retiró de los hombres, a causa de la general prevaricación de la humanidad que antecedía al castigo del Diluvio Universal. El Espíritu Santo, que se había retirado del pueblo, entró en el Arca de Noé, para conducir a este varón justo.” El Apocalipsis también explica sobre el castigo: “El primer desencadenamiento de Satanás fue durante el Pontificado del Papa San Juan XXIII, al convertirse el Concilio Vaticano II en conciliábulo, o concilio de Satanás.”

El Tratado de la Santa Misa dice sobre el conciliábulo Vaticano II: “Si bien dicho Concilio fue convocado por el Papa San Juan XXIII, inspirado por el Espíritu Santo, poco después, por la influencia opresiva de una gran parte de los padres conciliares masones y progresistas, y por la cobardía y respetos humanos de no pocos tradicionalistas, se prostituyó la sana finalidad, llegándose a conclusiones abiertamente erróneas y ambiguas; lo cual evidencia que el Espíritu Santo había sido expulsado de la sala conciliar para dar en ella entrada a Satanás. He aquí por qué el Concilio Vaticano II, en lo que se refiere a su desarrollo y a sus conclusiones acordadas, no es obra del Espíritu Santo, sino del demonio. Y, si bien en las actas conciliares hay parte de doctrina verdadera, ésta se halla mezclada con terribles herejías y ambigüedades; ya que la masonería, camuflando así el mal, facilitaba más la aceptación, por los católicos, de los textos conciliares, y los enemigos de la Iglesia conseguirían con más facilidad sus perversos fines… El Concilio Vaticano II, por lo que en sus escritos hay de herejías, ambigüedades y perversos fines a que le condujeron los masones y progresistas, es ilegítimo, nefasto y abominable, y por lo tanto sin autoridad alguna en la Iglesia. Con lo dicho no ennegrecemos en absoluto la ilustre e infalible autoridad, así como la buena fe de los Santos Papas Juan XXIII y Pablo VI, que rigieron la Iglesia en el tiempo del Concilio; pues, en lo que respecta al primero de los Pontífices, Juan XXIII, sus enemigos abusaron de su excesiva paternidad, bondad y optimismo, en vez de aprovecharlo para sus conversiones; y, en lo que concierne al segundo, Pablo VI, sabemos que fue víctima de la masonería vaticana, que le sometió a frecuentes lavados de cerebro mediante drogas, haciendo que la mano intachable del Papa firmara a veces lo indebido, aunque en la mayoría de los casos falsificaban su firma.”

Este castigo ya fue anunciado por el santo profeta Isaías, como explica la Santa Biblia: “La Iglesia oficial Romana, ya mucho tiempo antes del Pontificado y muerte del Gran Pontífice el Papa San Pablo VI, Mártir del Vaticano, llegó a un estado calamitoso, por la proliferación de falsas doctrinas que tuvieron la anuencia de la mayoría de los jerarcas asistentes al nefasto conciliábulo Vaticano II, el cual fue ardid de la masonería para acabar con la Iglesia. Desde la muerte del Papa San Pablo VI y la elección del Papa San Gregorio XVII Magnísimo, la oscuridad y desolación reinan ya para siempre en la iglesia oficial romana, cuyas torres y fortalezas han caído, quedando sólo en ella tenebrosas cavernas, mansión de bestias y pasto de alimañas.”

Y por haberse sometido así a los jerarcas masones, la Iglesia recibiría nuevos castigos, como dijo el Señor en El Palmar en 1972: “También me dirijo a ti Esposa mía (se refiere a la Iglesia). Tú también recibirás grandes castigos; pues, cada día te prostituyes más. Recuerda el pasaje de la gran ramera y de Babilonia la grande. Todo esto te concierne a ti, querida esposa; recuerda tus desvaríos y tus pactos con Satán. Has dado cabida en tu seno a los emisarios de la Bestia: comunistas, masones, luteranos, calvinistas y otros herejes. Estáis descomponiendo las Sagradas Escrituras, y presentando los misterios ambiguamente; estáis adulterando la Fe, estáis enseñando la verdad junto a la mentira; arrinconáis a los santos Obispos, Cardenales, Sacerdotes y Religiosos buenos; a estos, que mantienen la integridad en la Fe, les hacéis la vida imposible; en una palabra: Les hacéis la guerra fría, los desposeéis de sus cargos, les tacháis de anticonciliaristas. Pero, vosotros negáis la aceptación a todos los Santos Concilios, fundando una Iglesia nueva partiendo del Concilio Vaticano II; ¡que no es tal Concilio!, sino uno que os habéis inventado e interpretado a vuestro antojo, para adulterar la Verdad y romper con la Santa Tradición forjadora de grandes santos. El Padre Celestial os purificará y acrisolará muy pronto.”

Ni los buenos ni los malos hicieron caso del mensaje de la Santísima Virgen, a pesar del asombroso milagro, atestiguado por cien mil testigos oculares, que probaba que el mensaje era una grave exigencia de Dios a la humanidad. Por eso, con rigorosa justicia, el gran castigo fue para todos los que rechazaron las apariciones y mensajes de la Divina María. Entre ellos, había muchos tradicionalistas que defendieron los dogmas, pero culparon al Papa San Pablo VI y lo consideraron hereje, y llegaron a afirmar que la Iglesia era acéfala, sin cabeza. Otros aceptaron todas las aberraciones que propagaban los jerarcas masónicos y progresistas, y así se sometieron a los antipapas de la Roma apóstata. Sólo los que escucharon los mensajes de María Santísima en El Palmar reconocieron que el Papa de entonces, San Pablo VI, era el prisionero y mártir del Vaticano, el cual ya estaba en poder de los masones y de la sinagoga de Satanás. Sólo los que humildemente atendían a los mensajes celestiales se mantuvieron unidos al verdadero Papa después de la apostasía de Roma, a la muerte de San Pablo VI. Y todos los que rechazaron los mensajes del Cielo, recibieron su castigo: cayeron en la apostasía, los buenos y los malos. Al igual que el Buen Pastor, la Divina Pastora puede decir: “mis ovejas oyen mi voz, y Yo las conozco, y ellas me siguen,” pues la siguieron a los buenos pastos en el místico desierto de El Palmar.

Ya que ni los buenos ni los malos hicieron caso del gran milagro y del mensaje de Nuestra Señora de Fátima, y así desperdiciaron las gracias y rechazaron la oportunidad de recibir el perdón de Dios, entonces es lógico que Dios no vuelva a hacer otro milagro portentoso a la vista de todos hasta que el mundo sea purificado por los espantosos castigos, y que luego venga la apoteósica Aparición de la Santísima Virgen María o Gran Milagro de El Palmar de Troya para la universal exaltación de la Santa Iglesia Palmariana y la salvación de muchos.

La Santísima Virgen, repetidas veces, a los tres videntes de Fátima dijo que muchas naciones de la tierra desaparecerían y que Rusia sería el instrumento del castigo de Dios para todo el mundo, si antes no alcanzamos la conversión de esa pobre nación. Sí; el demonio está librando una batalla decisiva contra la Virgen Santísima, y una batalla decisiva es una batalla final, en donde se ha de saber de qué partido es la victoria, de qué partido es la derrota; así que ahora o somos de Dios o somos del demonio. No hay término medio.

El demonio para conquistar las almas, las aleja de la oración. Por oración se entiende también una conversación con Jesús y María y con nuestro Padre Celestial, de quienes recibimos continuamente las gracias necesarias para resistir al mal y vencer al demonio. De ahí que no solamente en la Iglesia y en nuestra casa, sino en todas partes y siempre, debemos orar; sea en la calle, como en el trabajo, como en la escuela, y aun en las mismas diversiones. Es vivir unidos a Jesús y María que están siempre a nuestro lado, dentro de nuestro corazón, y conversar con Ellos, nuestros mejores Amigos. El demonio, que sabe la fuerza poderosa de la oración, tratará de arrebatarnos este medio potente de salvación, continuando en invadir el mundo con esa oleada pestífera de materialismo, de respeto humano, de indiferencia, de que nos dé vergüenza de mostrarnos católicos en todas partes y siempre. Ni nos salvaremos ni nos condenaremos solos; pues con nuestra oración y penitencia no solamente nos salvaremos nosotros, sino que salvaremos también a todas las almas que llevamos vinculadas a la nuestra. Recordemos que debemos entrar en el Cielo con muchas almas; y que no debemos recibir la queja, si desgraciadamente nos condenamos, de tantas almas que (en el infierno) nos digan: “por tu culpa estoy aquí; si tu hubieras correspondido a Dios, yo me hubiera salvado, pero por ti estoy en el infierno,” y la razón es que cada cristiano, por vocación, tiene que ser otro Cristo, esforzándose en identificarse con Él. No solamente en las virtudes, sino en la misma misión que Él trajo a la tierra: la de redimir al mundo por medio de su sacrificio. Todos debemos sufrir, no solamente porque llevamos inherente en la naturaleza humana el dolor, a causa del castigo del pecado original, sino también porque como cristianos debemos ser otros Cristos, para que nuestro sacrificio, unido al de Cristo, tenga un valor infinito, capaz de salvar al mundo entero; así que todos tenemos: penas, contrariedades, aflicciones, problemas, enfermedades, etc. Pues bien, ofrezcámosle a Nuestro Señor todo lo que se digne enviarnos, además de lo que nosotros espontáneamente le ofrezcamos, para que, unido a sus divinos meritos, tenga un valor infinito. El 13 de julio de 1917, Nuestra Señora prometió en Fátima, “vendré a pedir… la Comunión reparadora de los Primeros Sábados.” En la Cova da Iría, Nuestra Señora les había comunicado a los videntes ya el dolor amargo de su Corazón a causa de la ingratitud y pecados de la humanidad. Había pedido que el Primer Sábado de cada mes fuese considerado por todos los fieles como un día de reparación a su Inmaculado Corazón. En 1925 la Santísima Virgen se apareció a sor Lucía y, al lado, suspenso en una nube luminosa, un Niño. La Santísima Virgen mostró al mismo tiempo un Corazón que tenía en la mano, cercado de espinas, y dijo el Niño: “Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre que está cubierto de espinas que los hombres ingratos continuamente le clavan sin haber quien haga un acto de reparación para arrancárselas.” Luego la Santísima Virgen dijo: “Mira, hija mía, mi Corazón, cercado de espinas que los hombres ingratos me clavan continuamente con blasfemias e ingratitudes. Tú, al menos, procura consolarme y di que todos aquellos que durante cinco meses (consecutivos), en el Primer Sábado, se confiesen, reciban la Santa Comunión, recen (cinco misterios de) el Rosario y me hagan quince minutos de compañía, meditando en los misterios del Rosario, con el fin de desagraviarme, Yo prometo asistirles en la hora de la muerte con todas las gracias necesarias para la salvación de sus almas.”

Por medio de esta amable devoción reciben el consuelo los Sagrados Corazones de Jesús y de María, y se van a salvar un número inmenso de almas. Dios en su infinita misericordia había pedido que procurasen con los sacrificios y oraciones reparar sobre todo a este Inmaculado Corazón, y suplicar por las almas que contra Él blasfeman, el perdón y misericordia, pues que a estas almas su Divina Misericordia no perdona sin reparación.

Los quince minutos es lo que puede parecer más difícil. Pero es muy fácil. ¿Quién no puede pensar en los misterios del rosario? En la Anunciación del Ángel y en la humildad de nuestra Señora que al verse tan exaltada se llama a sí misma Esclava. En la pasión de Jesús que tanto sufrió por nuestro amor. En nuestra Madre Santísima junto a Jesús en el Calvario. ¿Quién no puede con estos santos pensamientos, pasar 15 minutos con la más tierna de las Madres?

“Habéis visto el infierno, a donde van las almas de los pobres pecadores; para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón…vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón…Si atendieran mis peticiones, Rusia se convertirá y habrá paz.”

Nuestra Señora explicó que esta consagración tiene que ser hecha por el Santo Padre en unión con todos los Obispos del mundo, y dijo que si sus ministros dilatan la ejecución de su petición, será para ellos causa de aflicción; mas añadió que nunca será tarde para recurrir a Jesús y a María.

A finales de 1942, el Papa San Pío XII consagró la Iglesia y el mundo al Inmaculado Corazón de María, haciendo referencia oblicuamente al pueblo de Rusia (pero no al país por nombre) con estas palabras: “Extended vuestra protección… a los pueblos que por el error o por la discordia están separados, a saber, a aquellos que profesan por Vos singular devoción, donde no había casa que no ostentase vuestro venerable icono (hoy tal vez escondido y reservado para mejores días), dadles la paz y reconducidlos al único aprisco de Cristo, bajo el único y verdadero Pastor…” Era un suceso decisivo en la historia del mundo, y ocasionó un pronto cese de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, no era la consagración que Nuestra Señora había pedido, y por eso no resultó en la conversión de Rusia ni la paz duradera que Ella nos prometió.

En 1943 el Señor prometió el próximo fin de la guerra, en atención al acto que hizo el Papa. Pero como fue incompleto, queda la conversión de Rusia para más adelante. Rusia será, una vez más, el azote con que Dios nos castigue. Nuestro Señor dijo que mientras “la presente aflicción” (es decir, la II Guerra Mundial) sería abreviada por la consagración del mundo, la paz mundial no se concederá sin la explícita Consagración de Rusia hecha por el Papa junto con los obispos. La petición exacta de Nuestra Señora era que el Santo Padre hiciese la consagración de Rusia a su Inmaculado Corazón, ordenando que, al mismo tiempo, y en unión con Su Santidad, la hiciesen todos los Obispos del mundo católico. Nuestra Señora no pidió la consagración del mundo a su Inmaculado Corazón. Lo que Ella pidió específicamente fue la consagración de Rusia. “Lo que Nuestra Señora quiere es que el Papa y todos los obispos del mundo consagren Rusia a su Inmaculado Corazón en un día especial. Si esto se hace, Ella convertirá a Rusia y habrá paz. Si esto no se hace, los errores de Rusia se propagarán a todos los países del mundo.”

En una revelación de 1952, Nuestra Señora dijo: “Haz saber al Santo Padre que siempre estoy esperando la Consagración de Rusia a Mi Inmaculado Corazón. Sin esa Consagración, Rusia no podrá convertirse, ni el mundo tendrá paz.” Esta consagración es un elemento de importancia crucial del Mensaje de Fátima, junto con la llamada a la penitencia. “El buen Dios se está dejando aplacar, pero se queja amarga y dolorosamente del número limitadísimo de almas en gracia dispuestas a renunciarse en cuanto a lo que de ellas exige la observancia de su Ley. Ésta es la penitencia que el buen Dios ahora pide: El sacrificio que cada persona tiene que imponerse a sí misma para llevar una vida de justicia en la observancia de su Ley. Y desea que se haga conocer con claridad este camino a las almas; que muchas, juzgando el sentido de la palabra ‘penitencia’ de las grandes austeridades, no sintiendo fuerzas ni generosidad para ellas, se desaniman y descansan en una vida de tibieza y pecado. Dios desea que se haga comprender a las almas que la verdadera penitencia que Él ahora quiere y exige, consiste, sobre todo, en el sacrificio que cada uno tiene que imponerse para cumplir con los propios deberes religiosos y de orden temporal.” Nuestro Señor decía: “El sacrificio que de cada uno exijo es el cumplimiento del propio deber y la observancia de mi Ley; esta es la penitencia que ahora pido y exijo.” Lamentablemente tenemos que constatar que no se han cumplido, ni por parte de la Jerarquía ni de los fieles, las condiciones exigidas por la Virgen sobre la renovación de la vida cristiana y reparación, consagración de Rusia a su Inmaculado Corazón realizada por el Papa y todos los Obispos del mundo, rezo del Santo Rosario y devoción de los cinco primeros sábados de meses consecutivos. Por lo tanto, no habrá paz, sino guerras y revoluciones; el comunismo se impondrá a las naciones, y la Iglesia sufrirá persecuciones y trastornos. Todo ello está a la vista.

Sin esa consagración, Rusia no se convertirá y el mundo no tendrá la paz. Este hecho se debe enfatizar en nuestro tiempo cuando las guerras y rumores de guerras están creciendo continuamente, y cuando la asolación potencial que es causada por las armas poderosas de la guerra moderna, excede con mucho a cosa alguna nunca experimentada antes en la historia. Nuestra Señora vino para traer la paz al mundo y el fundamento de la paz es mantener el estado de gracia. Las guerras no son más que castigos por los pecados del mundo.

Por eso es útil volver a meditar acerca de la petición de Nuestra Señora de que el Papa, en unión con todos los obispos del mundo, consagre Rusia a su Inmaculado Corazón. La petición de la Consagración de Rusia tiene su origen al propio inicio de las visitaciones de Nuestra Señora a Fátima. El 13 de julio de 1917, en Fátima, el mismo día en que Ella había mostrado a los pastorcitos la visión del Infierno, Nuestra Señora prometió volver para pedir la Consagración de Rusia.

Fiel a su palabra, la Santísima Virgen, junto con la Santísima Trinidad, visitó a sor Lucía el 13 de junio de 1929, en Tuy, España. “Ha llegado el momento en que Dios pide al Santo Padre que haga, en unión con todos los Obispos del mundo, la Consagración de Rusia a Mi Inmaculado Corazón; prometiendo salvarla por este medio.” No pidió al Papa consagrar el mundo, sino Rusia. Jesús explicó que no convertía a Rusia sin que Su Santidad hiciese esta consagración, “porque quiero que toda mi Iglesia reconozca esa consagración como un triunfo del Inmaculado Corazón de María, para después extender su culto y poner, al lado de la devoción de mi Corazón Divino, la devoción a este Corazón Inmaculado.”

Durante once años San Pío XI y San Pío XII habían hecho caso omiso repetidas veces a las peticiones de consagrar Rusia, por lo que, en una tentativa de conseguir que el Papa hiciese algo por lo menos en forma de una consagración, un obispo le pidió la consagración del mundo con “mención especial” de Rusia. Nuestro Señor respondió que, si el Papa lo hiciese así como el Obispo le había pedido, recompensaría este acto abreviando los días de la Segunda Guerra Mundial, pero que no llevaría a cabo la paz mundial, como hubiese logrado la consagración explicita de Rusia por el Papa junto con todos los obispos. El Papa Pío XII había consagrado al mundo, sin nombrar a Rusia, al Inmaculado Corazón en 1942.

En 1952 Nuestra Señora se apareció y dijo: “Haz saber al Santo Padre que siempre estoy esperando la Consagración de Rusia a Mi Inmaculado Corazón.

Sin esa Consagración, Rusia no podrá convertirse, ni el mundo tendrá paz.” Así, diez años después de la consagración del mundo de 1942 por el Papa San Pío XII, Nuestra Señora está recordando que Rusia no se convertirá ni habrá paz a menos que y hasta que Rusia sea consagrada por su nombre. Por eso está claro que la Consagración de Rusia necesita especificar y distinguir Rusia del resto del mundo. En resumen, una Consagración de Rusia necesita nombrar a Rusia en la Oración de Consagración. Recordemos que ‘consagrar’ significa dedicar y poner aparte una persona (o personas), un lugar o una cosa para un propósito santo. La Consagración de Rusia significa que Rusia (la nación de Rusia) es distinguida y puesta aparte del resto del mundo y que será dedicada al servicio del Inmaculado Corazón de María.

El Papa San Pedro II escribió: “Nos, preguntamos a los que quieran escucharnos: ¿Dónde están los virtuosos frutos alcanzados por Juan Pablo II a través de sus relaciones y discursos? ¿Dónde están la pacificación del mundo, el triunfo sobre el comunismo, el desmoronamiento del mismo, e incluso la conversión de Rusia, atribuidos a Juan Pablo II? ¿Pensáis acaso que el régimen actual ruso ya no es comunista ni poderoso, y que su opresión sobre otras naciones ha cesado porque Rusia se ha convertido? El que así piense, piensa neciamente. Bien es verdad que, en el régimen comunista ruso, hay una diplomática confraternidad con las demás naciones por razones de política internacional y de intereses económicos, pero siempre sin renunciar a sus antiguos planes imperialistas. Debe tenerse en cuenta que, si la presión imperialista rusa en Europa se ha aplacado momentáneamente, es también por razones de nuevas tácticas secretas del comunismo, como es la de seguir ahora infiltrando sus errores de manera solapada y pacífica, por las distintas naciones que estaban fuera del telón de acero, y desde éstas a otras naciones de los cinco continentes; y, bien probado está, que los errores del comunismo se han propagado y echado raíces por todos los países del mundo. Con lo cual se ha cumplido uno de los mensajes de la Virgen María en Fátima, de que Rusia extendería sus errores. Quede bien claro, que la conversión sólo es posible si se aceptan íntegramente las enseñanzas de la Verdadera Iglesia de Cristo, la autoridad del Papa, y se lleva todo a la práctica incondicionalmente.”

No debemos olvidarnos nunca de la promesa profética de Nuestra Señora: “Por fin Mi Inmaculado Corazón triunfará. El Santo Padre me consagrará Rusia que se convertirá y será concedido al mundo algún tiempo de paz.” Decía la vidente: “Lo que Nuestra Señora quiere es que el Papa y todos los obispos del mundo consagren a Rusia a su Inmaculado Corazón en un día especial; si esto hacen, Ella convertirá a Rusia y habrá paz. Si no se hace, los errores de Rusia se propagarán por todos los países del mundo.” Y, por desgracia, no se ha cumplido la consagración, y sí que se han propagado los errores.

El Mensaje de Fátima nos insta a rezar por la Consagración de Rusia de tal modo que este triunfo venga pronto y la aniquilación de las naciones sea evitada. Nuestro Señor nos dijo, “Nunca será tarde para recurrir a Jesús y a María.”

En El Palmar, el 11 de septiembre de 1970, la Santísima Virgen María se quejó porque se realizaban sus deseos “de forma incompleta; como pasó con la Consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón; por eso Rusia extiende sus errores, aunque al final se convierta.”

El 22 de agosto de 1978, al final de su Cuarto Documento Pontificio, el Papa San Gregorio XVII escribe la frase: “Nos, como Supremo Pastor, en nombre de toda la Iglesia, aprovechamos este día para consagrar Rusia al Corazón Inmaculado de María.” Esto tampoco llega a ser una solemne consagración celebrada por el Papa en unión con todos los obispos del mundo.

El Señor dijo: “El número de los que me sirven en la práctica del sacrificio es muy limitado; Yo necesito almas y sacerdotes que me sirvan en el sacrificio por Mí y por las almas.” En otra comunicación se lamentó el buen Dios, con grande amargura, de la vida pecaminosa, tibia y lánguida de gran número de sacerdotes, religiosos y religiosas; almas de las que Él esperaba reparación y que en cambio le mueven a indignación y castigo; y dijo que si su justicia no era aplacada por medio de lo que pidió, que lo haría por la sangre de los mártires. Por consiguiente nos merecemos lo peor, pues Dios ha permitido la dilación de la consagración de Rusia (y por consiguiente la conversión prometida) para luego purificarnos más y más de nuestros pecados.

En la Santa Biblia, cuando el Pueblo de Israel estuvo acampado en Cadesbarne, en donde comienza la tierra de Canaán, Moisés transmitió a su Pueblo el siguiente mandato de Dios: “Mirad, oh hijos de Israel, la tierra que os da el Señor Dios, como lo prometió a vuestros padres. Subid, pues, y ocupadla. No tengáis temor alguno, ya que el Dios Todopoderoso la pondrá en vuestras manos.” Pero, muchos de aquel pueblo, al oír las palabras de Moisés, en vez de confiar en el poder divino, se llenaron de espanto al pensar que tenían que enfrentarse a los enemigos que habitaban en las montañas y en los distintos territorios de Canaán. Además, muchos de aquel Pueblo de Israel, con gran tendencia al desánimo y a la incredulidad, ponían en duda que la Tierra Prometida fuese tan rica y fértil como el Señor y Moisés se lo habían dicho muchas veces. Moisés se irritó, ya que daban muestras de insolente desconfianza en la palabra y en el favor de Dios. Era el deseo de Dios, comunicado a Moisés, que Israel, con valor y confianza en el poder divino, penetrase sin más en la Tierra Prometida. Esta decisión divina no fue aceptada por muchos israelitas, pues decían: “De ningún modo podremos enfrentarnos con los habitantes de Canaán, porque son más fuertes que nosotros.” Algunos decían que las ciudades de Canaán eran absolutamente inexpugnables; e incluso decían que, ni con la ayuda de Dios, podrían conquistar esta tierra, lo cual implicaba una desconfianza y un desprecio blasfemos a la paternal providencia del Señor para con ellos. Dijo el Señor a Moisés: “¿Hasta cuándo ha de blasfemar de Mí ese pueblo? ¿Hasta cuándo no ha de creerme, después de tantos milagros como he hecho delante de ellos?” El Señor entonces les impuso castigos: “Todos los hijos de Israel andarán vagando por el desierto hasta que se cumplan los cuarenta años de la salida de Egipto, pues antes no entrarán en la Tierra Prometida. De esta manera, pagaréis la pena de vuestros pecados de infidelidad y desobediencia.”

La historia se repite. En Fátima la Santísima Virgen María obró grandes prodigios a la vista del pueblo; luego indicó la manera fácil y sencilla de conquistar, con su omnipotente ayuda, una nueva tierra prometida: Rusia. Una vez más, no se cumplió el mandato del Cielo, y los resultados son la perdición de innumerables almas, y que la Iglesia, el pueblo de Dios, está de nuevo exiliado durante más de cuarenta años en el desierto.