Las Apariciones de Lourdes

Entre el 11 de febrero y el 16 de julio de 1858, la Santísima Virgen María se apareció en dieciocho apariciones a Santa Bernadette Soubirous (1844-1879), una adolescente pobre y analfabeta de catorce años de edad, en la gruta del paraje de Massabielle, en las afueras de la población de Lourdes, Francia, en las estribaciones de los Pirineos.

Ya en vida de Santa Bernadette, multitud de católicos creyeron en las apariciones de la Virgen María como canal de la gracia de Dios, y el Papa San Pío IX autorizó la veneración de la Virgen María en Lourdes en 1862, unos diecisiete años antes de la muerte de Bernadette. Desde entonces, la advocación de la Virgen María como Nuestra Señora de Lourdes ha sido motivo de gran veneración, y su santuario fue uno de los más visitados del mundo, con millones de peregrinos cada año.

En la tercera aparición, la niña habló con la Señora que le pidió: “¿Me harías el favor de venir aquí durante quince días?” Bernadette respondió de corazón, sin detenerse a pensar en las consecuencias. A su promesa le respondió con otra promesa: “No te prometo hacerte feliz en esta vida, sino en la otra.” Estas parcas palabras parecían dulces bajo la mirada de Aquella que las pronunciaba.

En sucesivas apariciones, María Santísima pidió penitencia y oración por los pecadores: “¡Penitencia!… ¡Rogad a Dios por la conversión de los pecadores!” Luego le rogó que se arrodillara y le dijo: “Besa el suelo como penitencia por los pecadores… por la conversión de los pecadores.” Tenía el semblante triste. Bernadette respondió que sí, también con tristeza. La Virgen, siempre respetuosa, le había preguntado “si aquello la molestaría.” “¡Oh, no!”, había respondido la niña de todo corazón. Se sentía dispuesta a todo para complacer a aquella amiga celestial que tan triste parecía cuando hablaba de los pecadores, aunque la gente creía que estaba loca cuando hacía ese tipo de cosas. Desde el fondo de su corazón, con sólo mirar, había comprendido que en el mundo sólo había una cosa verdaderamente triste: el pecado.

El 25 de febrero, la Virgen le dijo que comiera de las plantas que crecían libremente allí y que fuera a tomar agua de la fuente, para lo cual le enseñó con el dedo que escarbara en el suelo. Al excavar en el fango e intentar beber, Bernadette ensució su rostro, y sus gestos y apariencia fueron motivo de escepticismo por parte de muchas de las 350 personas presentes. Para consolar a la Señora se sentía dispuesta a todo. Cuando hizo estas cosas, como besar la tierra, cavar en el suelo embarrado y comer hierba, el entusiasmo se vino abajo; la gente no entendía nada. A los extraños ejercicios dio Bernadette una explicación sencilla y satisfactoria: “La visión me lo ha ordenado como penitencia, para mí primero y luego para los demás.”

El gesto de Santa Bernadette besando la tierra húmeda y cavándola, no sin disgusto, era una austera penitencia. A lo largo de su vida, fue llamada a una penitencia más interiorizada; la aceptación de las cruces escogidas por el Señor, cruces que le resultaron pesadas a la medida de su misión asociada a la obra de la Redención. Así, entre ellas se cuentan las pruebas morales que son más de lo que pueden detallarse; también están las pruebas de salud que los informes médicos muestran que son atroces e ininterrumpidas. Bernadette lo sufrió todo con un abandono de amor a Dios y a su Santísima Madre.

El manantial no se manifestó de inmediato; sin embargo, poco después surgió una fuente de agua que luego fue testigo de numerosos milagros. El manantial que brotó aquel 25 de febrero de 1858 producía cien mil litros de agua por día, de forma continua desde aquella fecha hasta nuestros días.

Ante la reiterada petición de Santa Bernadette de que revelara su nombre, el 25 de marzo de 1858 (en su decimosexta aparición) la Señora cambió el rosario, llevándoselo al brazo derecho. Sus manos se separaron, y las extendió con las palmas hacia el suelo. De aquel gesto tan sencillo emanaba majestad; su silueta de niña adquirió grandeza; su juventud, un peso de eternidad. Con un movimiento acompasado, juntó luego las manos a la altura del pecho, levantó los ojos al cielo y le dijo: “Yo soy la Inmaculada Concepción.” Después de la aparición, Bernadette comprendió de golpe que aquellas palabras, que nunca antes había oído, eran en realidad difíciles, complicadas; que ni siquiera, a decir verdad, las comprendía. Sentía que iba a olvidarse de su ‘recado’. Rápido, había que irse a la casa parroquial. Bernadette se aferró a los jirones de la segunda palabra, que ya se le estaba olvidando, y emprendió la carrera repitiendo en voz baja las extrañas palabras: “Inmaculada Concepción.”

Tranquila porque había conseguido retener las dos palabras que había estado a punto de olvidar, Bernadette se sentía sin embargo cada vez más intrigada e incluso algo decepcionada. Lo mismo que todos los demás, a ella le habría gustado tanto creer que la maravillosa aparición era la Santísima Virgen; en cambio, ¿quién era esa “Concepción”?

Empujó la puerta y lanzó su recado a la cara del párroco, casi a bocajarro: “Yo soy la Inmaculada Concepción.” Bernadette, dándose cuenta de lo brusco de su frase, repitió con confianza: “Ella ha dicho: ‘Yo soy la Inmaculada Concepción’.” “Una dama no puede llevar ese nombre… ¡Me estás engañando! ¿Sabes lo que eso quiere decir?” Bernadette sacudió la cabeza tristemente. “Entonces, ¿cómo puedes decirlo, si no lo has entendido?” “Lo he repetido durante todo el camino.” El párroco se emocionó ante la evidencia de lo sobrenatural, y sólo pudo decir: “Vuelve a tu casa. Te veré otro día.” Bernadette se marchó totalmente desconcertada. Si el señor cura no lo sabia, ¿quién lo iba a saber?

La expresión resultaba ajena al vocabulario de Bernadette y, en principio, fue motivo de desconcierto, tanto en el párroco de Lourdes como en otras autoridades eclesiásticas y civiles. El dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María había sido solemnemente proclamado el 8 de diciembre de 1854, tres años antes. La Inmaculada Concepción es Aquella que, exenta de todo pecado personal, aceptó cargar con la cruz de nuestra penitencia, desde el pesebre de Belén hasta la pobre vivienda de Nazaret, y sobre todo en el Gólgota, donde experimentó el peor de los dolores que puede sentir el corazón de una madre, el dolor de la Reparación y Redención.

Santa Bernadette Soubirous mantuvo una consistente actitud de calma durante todos los interrogatorios capciosos que se le hicieron, sin cambiar su historia ni su actitud, ni pretender tener un conocimiento más allá de lo dicho respecto de las visiones descritas. El último interrogatorio ante la comisión eclesiástica, presidida por el Obispo de Tarbes, fue el 1 de diciembre de 1860. El anciano Obispo terminó emocionado, al repetir Bernadette el gesto y las palabras que la Virgen hiciera el 25 de marzo de 1858: “Yo soy la Inmaculada Concepción.” En 1862, el Obispo publicó una carta pastoral en la cual declaró que “la Inmaculada Madre de Dios se ha aparecido verdaderamente a Bernadette.” En ese mismo año, el Papa San Pío IX autorizó al obispo local para que permitiera la veneración de la Virgen María en Lourdes. Desde entonces los diversos pontífices han apoyado de varias formas la devoción y la peregrinación al santuario. El Papa San Pío X extendió la celebración de la memoria a toda la Iglesia. El Papa San Pío XI canonizó a Santa Bernadette Soubirous en la fiesta de la Inmaculada Concepción de 1933. En 1937, el mismo San Pío XI nombró al Cardenal Eugenio Pacelli (San Pío XII) como delegado papal para visitar y venerar personalmente a la Virgen en Lourdes. En conmemoración del centenario del dogma de la Inmaculada Concepción, el Papa San Pío XII, decretó la celebración del primer Año Mariano en la historia de la Iglesia, mientras describía los sucesos de Lourdes con las siguientes palabras: “Y parece como si la Virgen Santísima hubiera querido confirmar de una manera prodigiosa el dictamen que el Vicario de su divino Hijo en la tierra, con el aplauso de toda la Iglesia, había pronunciado. Pues no habían pasado aún cuatro años del dogma cuando cerca de un pueblo de Francia, en las estribaciones de los Pirineos, la Santísima Virgen, vestida de blanco, cubierta con cándido manto y ceñida su cintura de faja azul, se apareció con aspecto juvenil y afable en la cueva de Massabielle a una niña inocente y sencilla, a la que, como insistiera en saber el nombre de quien se le había dignado aparecer, Ella, con una suave sonrisa y alzando los ojos al cielo, respondió: ‘Yo soy la Inmaculada Concepción.’ Bien entendieron esto, como era natural, los fieles, que en muchedumbres casi innumerables, acudiendo de todas las partes en piadosas peregrinaciones a la gruta de Lourdes, reavivaron su fe, estimularon su piedad y se esforzaron por ajustar su vida a los preceptos de Cristo.”

En el lenguaje coloquial, ‘Lourdes’ se ha convertido en sinónimo de ‘milagros.’ Para Cristo, los milagros no son lo más importante: “bienaventurados los que no vieron ni tocaron, y creyeron.” El mensaje de Lourdes es muy breve: “Oración y penitencia… Yo soy la Inmaculada Concepción.” María Santísima no apoya su mensaje sobre argumen­tos, sino sobre las obras de la omnipotencia de Dios. Los milagros son la señal que dan autoridad divina al mensaje, como cuando Cristo curó al paralítico diciendo: “Para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la Tierra de perdonar los pecados,… a ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.” Esa autoridad divina, manifestada en los milagros, obliga a los hombres a obedecer, al igual que cuando el profeta Jonás, salvado milagrosamente de la ballena, dijo al rey: “Si tú y tus súbditos no os convertís al Señor Dios de Israel, ni hacéis penitencia, Nínive será destruida,” el rey de Nínive, movido a la conversión, se despojó de sus regias vestiduras, se vistió de saco, se cubrió su cabeza de ceniza y publicó una orden diciendo: “Todos los súbditos de mi imperio vístanse con sacos, ayunen, cubran sus cabezas de ceniza, y clamen con toda su alma al Señor Dios de Israel, convirtiéndose cada uno de su mala vida. ¡Quién sabe si así mudará el Señor su designio, y nos perdonará; y se aplacará el furor de su Ira, de suerte que no perezcamos!”

Este mensaje de “oración y penitencia” nos devuelve a los preámbulos del Evangelio, a la predicación de Juan Bautista, que preparaba los caminos de la primera venida de Cristo. Esta invitación llegaba a mediados del siglo diecinueve, al alborear el progreso técnico que empieza a transformar la vida. La era del desarrollo material comienza, pero los valores espirituales se eclipsan. Este es el momento escogido por Nuestra Señora para recordar el valor y necesidad de la oración y penitencia, en preparación para la Era Apocalíptica y la Gloriosa Segunda Venida de Cristo.

María Bernadette Soubirous fue proclamada Santa por San Pío XI el 8 de diciembre de 1933. Para conocer más detalles sobre las apariciones de Lourdes, leed en el Santoral Palmariano la vida de esta Santa, cuya fiesta es el día 16 de abril.