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Mensajes de Santo Domingo de Guzmán a Clemente Domínguez y Gómez,
hoy el Papa San Gregorio XVII, Magnísimo

Día 4 de enero de 1970
Sagrado Lugar del Lentisco de El Palmar de Troya. Apariciones y Mensajes a Clemente Domínguez:
Santo Domingo de Guzmán

«Os quiero a todos, hijos míos, porque rezáis el Santo Rosario por el que el mundo se salvará: EL SANTO ROSARIO DE PADRENUESTROS. Esa es la voluntad de la Siempre Virgen María. Hijos míos, os queda poco que sufrir. El Gran Milagro está cerca, pero debéis orar. Os bendigo».
Santo Domingo de Guzmán
«No permitáis que en vuestras Iglesias quiten el rezo del Santo Rosario. Rezad siempre, rezad siempre, rezad siempre, que es vuestra salvación. Tenéis que rezar el Santo Rosario según la misma Virgen dictó en este Sagrado Lugar, y sé que os costará muchos sacrificios, pero de esta forma se aplacará la Santa Ira del Altísimo. Rezadlo siempre que vengáis». (Se refiere al Santo Rosario Penitencial. Y sigue diciendo Santo Domingo:)
«Orad, orad, orad incansablemente. No os importe dejarlo todo, si es la voluntad de Dios el sacrificio, porque Él os ayudará a vencer en el camino que Él os imponga». (Y luego, refiriéndose a Clemente Domínguez, dice:)
«Sufrirás terriblemente, no te comprenderán. Pidan a Dios que se haga su Santa Voluntad, Dios os escucha, tened paciencia. Él sabe lo que necesitáis cada uno, y hagan lo que su Divino Hijo: Agarrarse a la Cruz. Os bendigo.
Aún estoy contigo. No tengas miedo a Satán: Con María y todas las legiones que adoran a Dios, aplastaremos su cabeza». (Luego, Clemente Domínguez tuvo una visión terrorífica del infierno: Multitud de personas con caras espantosas y Satán en medio de las llamas. Inmediatamente después, Santo Domingo de Guzmán se rodeó de Ángeles. Clemente Domínguez volvió del éxtasis, y todos pudimos contemplar, con admiración y gozo, cómo se había abierto un nuevo portillo en la finca en pocos momentos, en lugar distinto del cerrado y sin sentir el menor ruido. Pasamos todos a la finca, con cierto temor, y ya en el centro del camino, el vidente vio a San José que, cerca del nuevo portillo, con su Vara nos indicaba que subiéramos al Lentisco.
(Santo Domingo sigue diciendo:) «España, España, España, seguid orando. Jerusalén, Jerusalén, Jerusalén pronto verás el Sagrado Templo».
Día 12 de diciembre de 1969
(Sagrado Lugar del Lentisco de El Palmar de Troya. Se apareció Santo Domingo de Guzmán a Clemente Domínguez y le dio los siguientes Mensajes:)
1. Santo Domingo de Guzmán «Ahora contempla a mi derecha el Divino Rostro de Nuestro Señor Jesucristo». (Aparición de la Santa Faz.) «Mira, hijo mío, la Faz del que lo dio todo, hasta su aliento, por tus pecados y por los pecados de todo el mundo.
Por medio de Ella, los que la adoren meditando la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo unidos a los Dolores de la Bienaventurada Siempre Virgen María, recibirán las gracias de morir en la Santidad. Serán preservados del castigo que el Eterno Padre tiene preparado para desatarlo muy próximamente. Dios abrasará a la humanidad de forma tal, que quedarán muy pocos para contemplar su Divino Rostro».
2. Santo Domingo de Guzmán
«Que se extienda y que se proclame el rezo del SANTO ROSARIO DE PADRENUESTROS que la Virgen ha dictado en este Sagrado Lugar». (Se refiere al Santo Rosario Penitencial, que consta de 5 Misterios; en cada Misterio se reza, 10 Padrenuestros completos, o sea 1 Padrenuestro, Avemaría, Gloria y Ave María Purísima, en cada cuenta.)
«Que se extienda a todo el mundo LA ADORACIÓN DE LA SANTA FAZ DEL SEÑOR.Hagan el VIACRUCIS contemplando el Divino Rostro de Cristo Jesús, conmemorando la Pasión, Muerte, Resurrección, unido a los Dolores de la Bienaventurada Siempre Inmaculada Virgen María, pidiendo perdón por todos los pecados, todas las ofensas, insultos, sacrilegios proferidos al Divino Rostro.
QUE COMULGUEN TODOS LOS PRIMEROS JUEVES DE CADA MES, DURANTE TODOS LOS AÑOS, HASTA LA PRÓXIMA VENIDA DEL SEÑOR, haciendo veinte minutos de reparación, dando gracias a Dios, pidiendo la conversión de Rusia.
Todos los que adoren la Santa Faz y hagan esta Comunión Reparadora RECIBIRÁN LA GRACIA DE MORIR EN LA SANTIDAD.
LA SALVACIÓN DEL MUNDO ESTÁ EN HACER LO QUE SE HA DICTADO EN ESTE MENSAJE».
(Luego se apareció el Señor a Clemente y le dio el siguiente Mensaje:)

Nuestro Señor Jesucristo

«Hijo mío, tienes que proclamar estos Mensajes a todo el mundo, a los creyentes y a los no creyentes. Si no aceptan la Verdad, allá ellos. Quien tenga oídos que oiga, quien tenga entendimiento que entienda».

(Luego se apareció Santo Domingo de Guzmán a Clemente. Descendieron dos Ángeles desde donde estaba el Fundador de los Predicadores, los cuales portaban un hábito y capa de la Orden Dominica.)

Santo Domingo de Guzmán
(Dijo a Clemente:)
«Pronto, muy pronto, antes de lo que piensas, vestirás mi Santo Hábito».

(El vidente, siguiendo en éxtasis, se puso el hábito de la Orden Dominica. Después, se quitó la capa, se la dio al Ángel de la derecha, y este mismo le entregó el alba, la casulla y demás ornamentos. El vidente se revistió con ellos y pronunció algunas partes de la Misa que el Santo le iba diciendo. El vidente dijo a Santo Domingo que no era digno ni lo sería nunca, de celebrar la Santa Misa, pero que aceptaría la voluntad de Dios. Y sigue diciendo Santo Domingo:)
«Hijo mío: Es muy extenso lo que viene ahora. Procura atender este Mensaje. Esto que te voy a decir tienes que entregarlo: Una copia para el Cardenal (de Sevilla); otra para el Primado (de España); y otra con urgencia a mi querido Hermano Nectario María, para entregarlo al Santo Padre.
Entérate bien lo que te digo: Que el Santo Padre ordene que toda la Iglesia adore la Santa Faz de Jesucristo, pidiendo la conversión de todo el mundo. Que lo haga de la siguiente manera: Obligatoriamente todos los días, sin faltar ni uno, hagan el Viacrucis, contemplando su Dolorosísima Pasión.
Atiende, hijo mío, todos los Primeros Jueves de cada mes durante toda la vida hasta la Segunda Venida de Cristo Jesús, comulguen haciendo reparación de todos los pecados, sacrilegios, herejías, insultos al Divino Rostro de Jesús, dando gracias durante veinte minutos a Dios, y pidiendo la conversión de Rusia, como condición para la salvación del mundo.
Coloquen en todas las Iglesias del Orbe Católico la Santa Faz del Señor; por medio de Ella los que adoren meditando la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo unidos a los Dolores de la Bienaventurada Siempre Virgen María, recibirán las gracias de morir en la Santidad. Serán preservados del castigo que el Eterno Padre tiene preparado para desatarlo muy próximamente. No tenéis tiempo. Está cerquísima, cerquísima, muy cerca, la gran tribulación si no se cumple este Mensaje. Dios abrasará a la humanidad de forma tal, que quedarán muy pocos para contemplar su Divino Rostro. Decidle al Papa que acepte el martirio, por el cual se salvarán muchas almas; que Él le tiene preparado un lugar preeminente a su derecha, donde gozará para toda la eternidad. El martirio está próximo. Decidle que vaya preparando su entrega al Altísimo.
Que el Papa obligue en todas las Iglesias el Santo Rostro de Jesús; no hay tiempo que perder; que acepte los mandatos que Dios le manda por medio de las Apariciones en todo el mundo. Decidle al Papa que se dé rápidamente proclamación solemnísima al mundo de las Apariciones de El Palmar de Troya. No eche en cuenta de los que le contradicen sobre El Palmar. Si no lo hacen, el mundo se verá falto del camino para su salvación.
Hijo mío, tienes que proclamar este Mensaje a las personas que te he indicado. Procura que sea llevado por personas dignas de crédito, para que se evite extravío. La salvación del mundo está en hacer lo que se ha dictado en este Mensaje. El Señor pedirá cuenta de estas consignas. Tienes que entregar una copia directamente al Cardenal (el de Sevilla), aunque te cueste sacrificios; ya no es hora de echarse atrás.
¡España, uníos todos a la cruzada de Andalucía!, tendréis la salvación. Rezad el Rosario de Padrenuestros, haced el Viacrucis ante la Adorable Faz del Señor, comulgad todos los Primeros Jueves de todos los meses durante todos los años.
San Fernando ya tiene orden de defender España». (Aparición de San Fernando sin desaparecer Santo Domingo, a la izquierda de éste.) «Ahora te hablará el Santo Rey».

Biografía de Santo Domingo de Guzmán

6 de agosto

Presbítero. Religioso. Fundador. Patriarca. Doctor. Gran Místico. Fundador del Santo Rosario.
Nació en Caleruega-Burgos, España, el día 24 de junio de 1170. Sus padres fueron San Félix de Guzmán y Santa Juana de Aza. Durante la gestación, su madre soñó que llevaba en su vientre un cachorro portador de una antorcha encendida y que al nacer incendiaba el mundo. Recién nacido, apareció una estrella en su frente.
Tras la primera enseñanza y educación cristiana en su hogar, pasó a estudiar a Palencia. Después se dedicó al estudio de la Teología. En el año 1195, terminados sus estudios, el Obispo de Osma le ordenó Sacerdote, y después le llamó para hacerle canónigo regular de su iglesia.
Santo Domingo amaba, desde su juventud, la caridad y la austeridad como virtudes predilectas. Había leído que los anacoretas no tomaban vino y él empezó a imitarles, aunque luego bebía un poco por consejo de su Obispo. En una carestía general, se privó de lo que más amaba, sus libros y pergaminos, vendiéndolos para socorrer a los pobres. Otra vez se ofreció a cambiarse con un cautivo que había caído en poder de los moros, porque aquel infeliz era el sostén de su familia. Por su caridad para con el prójimo, su celo por las almas, y su vida de austero ascetismo, Santo Domingo causó la admiración de cuantos le trataban. En 1203 emprende un viaje con el Obispo Diego de Osma a Dinamarca para cumplir una delicada misión diplomática encomendada por el rey de Castilla San Alfonso VIII. Después inicia su regreso a Castilla, volviendo por Francia, y al llegar a la ciudad francesa de Toulouse, observó que muchos de los habitantes habían caído en la herejía albigense, lo cual llenó de gran compasión su pecho misericordioso, al ver las innumerables almas que vivían miserablemente engañadas.
Durante su estancia en tierras castellanas, Santo Domingo, para orar en la soledad, solía frecuentar una cueva a las afueras de la ciudad de Segovia. El día 7 de octubre del año 1204, cuando se hallaba retirado en la cueva hondamente preocupado por la herejía de los albigenses que infeccionaba el sur de Francia, pidió a la Santísima Virgen María que le iluminara sobre la manera más eficaz para lograr la conversión de los herejes. Santo Domingo fue arrebatado en altísimo éxtasis y vio a Nuestra Señora con el Niño Jesús en brazos y que con la mano derecha Ella le mostraba el Santo Rosario, a la vez que le indicaba la manera de rezarlo. La Santísima Virgen María dijo a Santo Domingo: «Aquí tienes el arma poderosa contra las herejías. Une a tu predicación y austeridad de vida el rezo del Santo Rosario, que Yo te prometo que tu apostolado será muy eficaz». Santo Domingo luchó constantemente para enseñar y propagar el Santo Rosario por todas partes, sufriendo mucho por los continuos ataques de los enemigos de esta singular devoción.
En el año 1205 Santo Domingo acompañó al Obispo en su viaje a Roma. En mayo de 1206, a su regreso de Roma, llegaron a Montpellier Diego, Obispo de Osma, y Santo Domingo de Guzmán, a quienes el Papa San Inocencio III había infundido un gran celo apostólico hacia la conversión de los albigenses. En Montpellier se hallaban el legado pontificio con otros dos enviados del Papa, así como otros prelados y abades, deliberando la manera de reprimir la herejía. Diego de Osma y Santo Domingo, como simples misioneros, recorrieron varias ciudades francesas disputando con los albigenses y refutando sus errores con argumentos claros. En octubre de 1207, el Obispo Diego de Osma, retornó a su diócesis de España, muriendo ese mismo año.
Mientras el caudillo Simón de Montfort, al mando de sus tropas, llevaba a cabo en el sur de Francia la Santa Cruzada contra los albigenses pedida por el Papa San Inocencio III, Santo Domingo de Guzmán apoyado por el Obispo Fulco de Toulouse y el caudillo del ejército cruzado, llevó a cabo una incansable labor predicadora, para la conversión de los albigenses, por la región de Languedoc, principalmente en las ciudades de Montpellier, Béziers, Carcasona, Toulouse y otras, sufriendo muchas veces injurias y afrentas de parte de los herejes. Fue vicario general de Carcasona, y dos veces rechazó la dignidad episcopal que le ofrecieron. En el año 1213, tras la toma de Toulouse, baluarte principal de la secta, Santo Domingo hizo de esta ciudad el centro de su apostolado. Pensó que era llegada la hora de fundar una Orden de predicadores, y en una casa grande y señorial de uno de sus seguidores, echó los fundamentos de su Orden, que fue aprobada por el Obispo Fulco.
Convocado en el año 1215 el Santo y Dogmático Cuarto Concilio de Letrán, Santo Domingo acompañó a Roma al Obispo de Toulouse. Durante su estancia en Roma, tuvo la siguiente visión: Jesucristo sentado en un trono de juez, empuñaba tres lanzas en actitud de arrojarlas sobre el mundo. María Santísima intercedía y presentaba, ante su Divino Hijo, a dos hombres como medios para la conversión del mundo. Uno de los dos, era Santo Domingo, quien él mismo se reconoció. Pero el segundo le era desconocido, hasta que en la mañana siguiente se encontró con San Francisco de Asís. Los dos santos se abrazaron como hermanos.
Antes de inaugurarse el Concilio, el santo fundador habló con el Papa San Inocencio III Magno, solicitando la aprobación de la obra que traía entre manos. El Papa aconsejó a Santo Domingo que eligiese una Regla de las ya aprobadas y que luego volviese para recibir la confirmación de todo, con lo cual aprobaba verbalmente la obra. En el año 1216, ya en Toulouse, el santo reunió a sus compañeros, y eligieron la Regla de San Agustín, tomando también parte de las costumbres de los Canónigos Regulares o Premonstratenses, fundada por San Norberto, y añadiendo algunas observancias más austeras. Así se formó la primera comunidad de la Orden en Toulouse, con la misión de ser predicadores diocesanos.
Subido al trono pontificio el Papa San Honorio III Magno, Santo Domingo volvió a Roma, y el Sumo Pontífice tomó la nueva Orden bajo su protección, y el 22 de diciembre de 1216 la aprobó canónicamente, con mandato pontificio de entregarse a la predicación, a la que dio el nombre de Orden de Predicadores. Comenzó Santo Domingo su ministerio oficial, predicando, en el palacio papal, durante la Cuaresma del año 1217, explicando las cartas de San Pablo, con entera satisfacción del Papa. Por este tiempo, cuando estaba orando, Santo Domingo vio a los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, que le presentaban un báculo y un libro, diciendo: «Ve y predica, que esta es tu misión».
Dada la situación belicosa que se barruntaba en el sur de Francia por el conflicto entre el Conde de Toulouse, Raimundo VII y el Caudillo Cruzado Simón de Montfort, al volver Santo Domingo a Francia, determinó que sus hijos religiosos se esparcieran por otras partes. Unos pocos quedaron en Toulouse, otros fueron a París y otros a España, y él se dirigió a Roma, donde recibió el convento e iglesia de San Sixto. Aquí se agregaron veinte discípulos.
En 1218, el santo salió para España, pasando por Bolonia, a donde poco antes había mandado cuatro frailes, y por Toulouse, visitando la casa conventual de esta ciudad. En España fundó conventos en Madrid y Guadalajara. Siguió fundando conventos por Francia, y estando en París en 1219, se encontró con San Jordán de Sajonia, el cual ingresaría en los dominicos un año después y llegaría a ser a la muerte de Santo Domingo su sucesor como Superior General de la Orden. Este mismo año, el Papa San Honorio III, le concedió el convento e iglesia de Santa Sabina en Roma, a donde pasaron los frailes del convento de San Sixto, quedando éste para las Monjas de la Segunda Orden Dominica. Santo Domingo de Guzmán, el campeón contra los albigenses, murió en Bolonia el 6 de agosto de 1221. Al amortajarle, le quitaron la cadena de hierro que ceñía a su cuerpo y con la que también se disciplinaba. Su cuerpo descansa en Bolonia.
Canonizado por el Papa San Gregorio IX Magno el día 3 de julio de 1234. Declarado Doctor de la Iglesia por el Papa San Gregorio XVII Magnísimo el día 21 de septiembre de 1989.